En Rev. HETEROTOPÍA

2012, N.    , pp.

 

Sobre la Armonía del Universo

Convergencia de la Ciencia, la Estética y la Ética

 

Miguel Martínez Miguélez [1]

 

“Bonum, Verum et Pulchrum convertuntur”

Lo bueno, lo verdadero y lo bello convergen

(Aforismo de la Filosofía Perenne)

 

 

RESUMEN

       Este artículo trata de ilustrar la confluencia y armonía que se da en la Naturaleza íntima y profunda de nuestro Universo al ser observada siguiendo los procedimientos que dicta la Ciencia actual, como también la reflexión de los estudiosos que cultivan la Estética como instrumento de conocimiento y aquellos que señalan el papel fundamental que dicta la Ética en ese mismo análisis reflexivo. En este proceder se ha seguido el pensamiento de eminentes sabios, tanto de la cultura occidental como de la oriental, que se han distinguido a nivel planetario por sus teorías e hipótesis durante el siglo XX.

Palabras Clave: Ciencia, Estética, Arte, Ética, Armonía

 

SUMMARY

       This article tries to illustrate the confluence and harmony that is given in the intimate and deep nature from our Universe when being observed following the procedures that current Science dictates, as well as the reflection of people that  cultivate the Aesthetics like instrument of knowledge and those that point out the fundamental paper that Ethics dictates in that same reflexive analysis. This way, the article has followed the thought of eminent sages, so much of the western culture as of the oriental one, that have been distinguished at planetary level for their theories and hypothesis during the XX century.

Key words: Science, Aesthetics, Art, Ethics, Harmony

 

 

 

       Introducción

      Una revisión de más de cien autores (entre creadores de teorías y sus epígonos) representativos del pensamiento del siglo XX en las diferentes áreas de las Ciencias, las Artes y la Ética, refleja una confluencia y armonía de ideas que proyecta esperanza y optimismo hacia un futuro promisor para la humanidad en general.

       Esta armonía en el modo de pensar, de razonar y de valorar proviene  tanto de autores de la cultura oriental, como de la occidental y de varios que se formaron en la oriental y ejercieron su influencia, después, en ambas. Sobresale, sobre todo, el hecho de que son autores eminentes en sus respectivos campos de estas tres esferas eidéticas del pensamiento humano; enumerarlos sería sumamente largo, pero se pueden ver algunos, especialmente los creadores de teorías, en la bibliografía al final de estas páginas.

       Lo más llamativo y sorprendente de esta confluencia y conciencia de ideas es la relación estrecha y paradigmática que aparece entre su “equilibrio planetario”, por un lado, y, por el otro, la “plenitud personal”, es decir, esa armonía del Universo, que parece sugerir que proceden de un mismo diseño; que podamos, por ejemplo, observar el mismo diseño en un átomo (indivisible) de la materia física, en una molécula del ADN de un ser vivo y en la misma ecología de La Tierra en su conjunto. La moderna teoría de las “supercuerdas” (ver más adelante), con 9 u 11 dimensiones, tan aceptada en los campos más variados, ciertamente busca y puede dar mucha luz en este sentido.

       Igualmente, el óptimo funcionamiento del ser humano y sus niveles de salud, física y mental, que, para el máximo despliegue de su capacidad creativa y éxito, requieren respeto a la libertad de acción, estímulo a las iniciativas, supresión de toda rigidez y control excesivo, descentralización de dirección y toma de decisiones, dan un soporte básico y promueven un verdadero desarrollo personal y social. Asimismo, la verdadera creatividad e iniciativa, indispensable para la superación de todo problema y fuente del verdadero progreso, sabemos que sólo es favorecida y propiciada por un clima permanente de libertad mental, una atmósfera general, integral y global que estimula, promueve y valora el pensamiento divergente y autónomo, la discrepancia razonada, la oposición lógica y  la crítica fundada.

1.   Armonía en la Ciencia

Aristóteles inicia su obra magna “Metafísica” diciendo que “todo hombre, por naturaleza, apetece saber”. En efecto, todo ser humano, de cualquier raza o cultura, tiene una tendencia natural a explorar, conocer y dominar el mundo que le rodea. Esta tendencia nunca se sacia; es más, pareciera que cuanto más conocemos, más tomamos conciencia también de lo mucho que ignoramos, y, así, podemos terminar, como Sócrates, diciendo: “sólo sé que no sé nada”.

       El mundo en que hoy vivimos se caracteriza por sus interconexiones a un nivel amplio y global en el que los fenómenos físicos, biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente interdependientes. Para describir este mundo de manera adecuada, necesitamos una perspectiva más amplia, holista, sistémica y ecológica que no nos pueden ofrecer las concepciones reduccionistas del mundo ni las diferentes disciplinas aisladamente, ancladas en un paradigma rígido, estático y pasivo, que ya Popper consideró insostenible por “sus dificultades intrínsecas insuperables” (1977:118). En efecto, el paradigma que nos legaron Galileo, Bacon, Descartes y Newton, que era muy bueno para tratar y comprender los cuerpos de tamaño intermedio, y cuyo modelo era la máquina del “reloj”, resulta totalmente inadecuado para tratar con los organismos vivos, e incluso la metáfora del cerebro-computador resulta desfasada para entender los seres complejos que nos rodean en la vida actual, pues nos hace pensar en términos de sustancias y objetos sin conexión (la cosa en sí, Ding an sich de Kant), lo cual es un serio error epistemológico, pues, como señala Alfred Korzybski, confunde el mapa con el territorio que representa; e, incluso, el nombre con la cosa nombrada. Total, que esas supuestas leyes de la naturaleza no son, simple y llanamente, “naturales”, si tomamos este término en su sentido general.

       Por todo ello, necesitamos una nueva visión de la realidad, un nuevo "paradigma", es decir, una transformación fundamental de nuestro modo de pensar, de nuestro modo de percibir  y razonar  y de nuestro modo de valorar, ya que la mayor crisis de la sociedad actual es, esencialmente, una crisis de percepción.

       Es de esperar que el nuevo paradigma –que está emergiendo y se impone en las diferentes disciplinas– sea el que nos permita superar ese "realismo ingenuo" de que nos hablan Kant y Heidegger (1974:235), salir de la asfixia reduccionista y entrar en la lógica de una coherencia integral, sistémica y ecológica, es decir, entrar en una ciencia más universal e integradora, en una ciencia verdaderamente inter- y trans-disciplinaria.

       Estamos poco habituados todavía al pensamiento "sistémico-ecológico". El pensar con esta categoría básica, cambia en gran medida nuestra apreciación y conceptualización de la realidad. Nuestra mente no sigue sólo una vía causal, lineal, unidireccional, sino, también, y, a veces, sobre todo, un enfoque modular, estructural, dialéctico, gestáltico, estereognósico, inter- y trans-disciplinario, donde todo afecta e interactúa con todo, donde cada elemento no sólo se define por lo que es o representa en sí mismo, sino, y especialmente, por su red de relaciones con todos los demás.

       La ciencia occidental avanza cada vez más hacia un cambio de paradigma de proporciones sin precedentes, que cambiará nuestro concepto de la realidad y de la naturaleza humana. En este nuevo paradigma deben tener cabida, ubicación y sistematización todos los conocimientos bien establecidos, ya sea que provengan de la física cuántica y relativista, de la neurociencia, del estudio de las estructuras disipativas, de la psicología humanista y transpersonal, de la filosofía y de la teología, o de cualquier otra fuente cognoscitiva, y todos formarían un macrosistema integrado: que reflejaría aquella armonía del Universo, la cual –según nos revela Einstein– le guió a él hacia el descubrimiento de la Teoría General de la Relatividad. En efecto, podríamos, incluso, decir que los grandes hallazgos científicos del siglo XX son una aplicación de la Teoría General de la Relatividad a las diferentes manifestaciones de la naturaleza, a las distintas disciplinas y sus variadas áreas del saber.

       Es tiempo de comprender que vivimos inmersos en esa red de sistemas que se integran en un orden jerárquico; y que la validez y método de este enfoque es clave para la comprensión de las ciencias en general. Desde hace unos 50 años, las ciencias de la complejidad, como el pensamiento sistémico, la holonómica, la resonancia mórfica, la teoría del caos, la teoría de cuerdas y supercuerdas, y otras, están sosteniendo los mismos postulados, algunas de cuyas ideas fundamentales ilustraremos brevemente a continuación.

       En fin de cuentas, eso es lo que somos también cada uno de nosotros mismos: un "todo físico-químico-biológico-psicológico-social-cultural-espiritual" que funciona maravillosamente y que constituye nuestra vida y nuestro ser. Por esto, el ser humano es la estructura dinámica o sistema integrado más complejo de todo cuanto existe en el Universo.

       Rupert Sheldrake (1985, 2007), polémico bioquímico británico con una gran formación también en filosofía, lleva varias décadas haciendo experimentos para demostrar que nuestra mente tiene un poder muy superior a lo que imaginamos y que fenómenos como la telepatía o la premonición tienen una explicación biológica y son “partes normales del comportamiento animal que han evolucionado durante millones de años porque desempeñan un papel importante en la supervivencia”.

       Sostiene, igualmente, este autor que la mente no es sinónimo de cerebro, y que no permanece encerrada dentro de él, sino que “se extiende al mundo que nos rodea, conectándonos con todo lo que vemos”, que “nuestra percepción del mundo externo implica una interacción con él”. Dicho de otro modo, nuestras mentes están sometidas a la influencia del universo circundante, pero ellas también dejan su huella en lo que las rodea: debido a una “resonancia mórfica” (de la forma o estructura). “Mis intenciones afectan al futuro… Las intenciones de otras personas también afectan a las mías”... “La comunicación normal puede implicar tanto la transferencia de información por los canales normales, como por la telepatía o los campos mentales; no se excluyen mutuamente” (ibídem). Si alguien hubiera descrito en el siglo XVIII un futuro de móviles y satélites que envían información a todo el planeta, habría sido calificado como loco. Sobran los experimentos y constataciones que hacen ver que cualquiera de nosotros posee capacidades que trascienden las que estamos utilizando en la actualidad, e, igualmente, que la humanidad y su entorno conforman un único sistema, una gestalt de carácter indivisible, aunque, a veces, maltratamos y abusamos tanto de nosotros mismos como de nuestro entorno.

       La hipótesis central de Sheldrake, la resonancia mórfica, postula que cada especie tiene un “campo” de memoria propio. Cada especie animal o vegetal posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la misma. De esta manera, si un animal aprende un nuevo truco en un lugar, este aprendizaje (debido a las vibraciones que emite su cerebro) se transmite a los miembros de la misma especie (por reverberación o sintonía neurofisiológica en sus cerebros, que son similares, como si “resonaran” al estilo de las ondas en un estanque), y, así, este segundo grupo de animales empleará menos tiempo en aprender el truco.

       Experimentos repetidos en laboratorios han demostrado que esto es cierto en muy diferentes especies de animales y también entre los seres humanos, lo cual ayudaría a explicar la conducta sorprendente y maravillosa que exhiben  tantas especies, e, igualmente, la telepatía entre personas, tan renuente a las explicaciones positivistas. Incluso, la revista inglesa New Scientist convocó en 1982 un concurso de experimentos para probar la hipótesis; y, en 1986, el Tarrytown Group, de Nueva York, concedió los premios de otro concurso (en Pigem, 1991:90).

       La hipótesis de Gaia (teoría ideada por el químico británico James Lovelock en 1969, aunque publicada en 1979; “Gaia”, diosa griega de La Tierra, Gea o Gaya), es un conjunto de modelos científicos de la biosfera en el cual se postula que la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno, donde la vida y su componente característico, se encarga de autorregular las condiciones esenciales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos. Gaia se comportaría como un sistema auto-regulador (que tiende al equilibrio) y se remonta a los trabajos de los filósofos de la Naturaleza (Naturphilosophen: Schelling, Herder y Goethe).

       Lovelock fue llamado por la NASA en 1965 para participar en el primer intento de descubrir la posible existencia de vida en Marte y Venus, debido a las radicales diferencias que existían entre La Tierra y estos dos planetas más próximos. Lovelock concluyó que en estos planetas no había vida.

       En el caso de La Tierra, según la segunda ley de la termodinámica, un sistema cerrado tiende a la máxima entropía (degradación creciente); por ello, su atmósfera debería hallarse en equilibrio químico desde hace muchísimo tiempo y todas las posibles reacciones químicas ya se habrían producido en su atmósfera. Pero Lovelock, vio que nuestra atmósfera es totalmente anormal: en relación con su masa y su distancia al Sol, la atmósfera terrestre debería tener una temperatura de entre 50ºC y 290ºC, cuando su media no llega a 30ºC; su contenido de nitrógeno debería ser del 98%, cuando es muy inferior; no debería tener prácticamente oxígeno, cuando tiene un 21%... Si hubiera un poco más de oxígeno, cualquier bosque sería en dos días pasto de las llamas, si hubiera un poco menos, no podría existir vida… Parece como si todas las extrañas características de nuestra atmósfera existieran precisamente para permitir el desarrollo óptimo de la vida (en Pigem, 1991:94).

       Esta teoría se basa en la idea de que la biomasa autorregula las condiciones del planeta para hacer su entorno físico (especialmente temperatura y química atmosférica) más hospitalario con las especies que conforman la «vida». La hipótesis Gaia define esta «hospitalidad» como una completa homeostasis.

       Con anterioridad a la formulación de la Hipótesis de Gaia, se suponía que La Tierra poseía las condiciones apropiadas para que la vida se diese en ella, y que esta vida se había limitado a adaptarse a las condiciones existentes, así como a los cambios que se producían en esas condiciones. La Hipótesis de Gaia lo que propone es que, dadas unas condiciones iniciales que hicieron posible el inicio de la vida en el planeta, ha sido la propia vida la que las ha ido modificando, y que por lo tanto las condiciones resultantes son consecuencia y responsabilidad de la vida que lo habita.

       Lo más sorprendente es ver cómo el hombre con “su ciencia” puede ir en contra de su propio bienestar. Sobran los ejemplos por todas partes: no hace mucho, por ejemplo, en varios estados de los EE.UU., con la exageración de insecticidas, herbicidas, fungicidas y abonos químicos, disminuyó drásticamente el número de abejas, que eran las que polinizaban las flores de todos los frutos y sus cosechas. El daño en las cosechas se consideró tan grave y peor que el pavoroso “calentamiento global” de la atmósfera. Total que tuvieron que importar a marchas forzadas miles de colmenas de Australia para volver a equilibrar el medio ambiente y recuperar su producción. Lo mismo le pasó a varias regiones de China; sólo que ellos, con tantos millones de chinos, pusieron a enteros ejércitos a polinizar las flores una por una con varillas y esponjas.

       Muchos estudios destacan la gran capacidad de los microorganismos para transformar gases que contienen nitrógeno, azufre y carbono. Los argumentos aducidos serían: (a) la temperatura global de la superficie de la Tierra ha permanecido constante, a pesar del incremento en la energía proporcionada por el Sol; (b) la composición atmosférica permanece constante, aunque debería ser inestable, y (c) la salinidad del océano permanece constante. Por esto, se concluye que Gaia es un sistema interactivo cuyos componentes son seres vivos. “Gaia es, en realidad, una nueva teoría de la evolución, que amplía la gran intuición de Darwin haciendo converger en un único proceso la evolución de las especies y la evolución de su entorno material. Así, es fácil ver por qué la ciencia moderna rechazó la hipótesis Gaia: es algo que nunca podría haber surgido en los edificios separados y aislados de una universidad, donde los biólogos, geólogos y climatólogos son tribus rivales” (ibídem, p. 94)

Teoría de las Supercuerdas. En las últimas décadas, la nueva física y la reciente neurociencia nos ofrecen unos  "hechos desafiantes" que hacen ver que:

       ¨ la información entre partículas subatómicas circula de maneras no conformes con las ideas clásicas del principio de causalidad;

       ¨ que una partícula, al cambiar, modifica instantáneamente a otras a distancia sin señales ordinarias que se propaguen dentro del espacio-tiempo (experimento EPR: Einstein, Podolski, Rosen);

       ¨ que esa transferencia de información va a una velocidad superior a la de la luz;

       ¨ que esta información sigue unas coordenadas temporales (hacia atrás y hacia adelante en el tiempo);

       ¨ que el observador no sólo afecta al fenómeno que estudia, sino que en parte también lo crea con su pensamiento al emitir éste unas partículas (los psitrones) que interactúan con el objeto;

       ¨ que nada en el Universo está aislado y todo lo que en él "convive" está, de un modo u otro, interconectado mediante un permanente, instantáneo y hasta sincrónico intercambio de información.

       Estos y otros muchos hechos no son imaginaciones de "visionarios", ni sólo hipotéticas elucubraciones teóricas, sino conclusiones de científicos de primer plano, que demuestran sus teorías con experimentos y pruebas en los aceleradores de partículas y en las cámaras de niebla, y con centenares de páginas de sólidos argumentos y hasta de complejos cálculos matemáticos: lo cual revelaría que existe un orden implicado, como señala David Bohm, que todavía no se ha desplegado ante nosotros (Racionero y Medina, 1991).

       Estos hechos vendrían a indicar un estrecho paralelismo entre la física cuántica y el funcionamiento de nuestro cerebro, vendrían a afirmar que el pensamiento genera ondas –ondas de pensamiento– o "partículas" elementales que cabe imaginar como portadoras de pensamiento. Implicarían, a su vez, que el vacío (el aire o la materia) estarían llenos de ondas o "partículas"  –similares a placas fotográficas superpuestas– y que el subconsciente (en algunas personas, incluso, consciente) podría captarlas (ibídem).

       Esto no es extremadamente raro: en el espacio están también, entrecruzándose, miles y miles de ondas radiales y televisivas (y toda la red de Internet), y si vinieran de muy lejos, podrían estar viajando en el espacio por meses y años antes de llegar a nosotros. Es más, hay formas de energía que todavía no conocemos bien, como la que despide un granito de azúcar que dejamos encima de la mesa y es captada por la hormiguita a metros de distancia; o la que capta el mosquito en plena oscuridad de la noche para posarse exactamente encima de la vena de la cual va a extraer nuestra sangre.

       Los especialistas en física cuántica se han ido acostumbrando a considerar la realidad en múltiples dimensiones –de 9 u 11– según esta teoría, que se supone explicará la estructura básica de nuestro Universo.

       Hace décadas que los físicos se esfuerzan por desarrollar lo que denominan teorías de gran unificación y de súper-gran-unificación, capaces de relacionar las fuerzas fundamentales de la Naturaleza en un esquema lógico y coherente. Einstein trabajó durante toda su vida, sin éxito, en desarrollar una teo-ría del campo unificado que uniese las fuerzas electromagnéticas y la gravitatoria, pues creía firmemente en la armonía de la naturaleza. El desarrollo de la física cuántica ha provocado el intento de crear una Teoría del Todo, que pretende unir todas las fuerzas del Universo en una gran visión orgánica, en la que el cosmos aparece como una totalidad indivisible y dinámica, interconectada en todas sus partes como una gigantesca tela sin costuras, y utilizando el concepto de cuerdas y supercuerdas…, pero limitada a las cosas físicas. Para que fuese genuina y “del Todo”, debería abarcar además la vida, la mente y la cultura, y… parece que eso es precisamente lo que busca esta teoría.

       El Universo es una unión de campos continuos y fuerzas que llevan información en lugar de energía…; no se trata de un Universo basado en la materia y la energía, sino en la información, ya que se comprobó que los átomos no eran partículas sólidas y fijas, sino prácticamente vacías y en continua vibración, y que en los niveles íntimos de la materia se altera todo lo que se pretende observar. Como dice el físico cuántico y Premio Nobel danés, Niels Bohr: “las partículas materiales aisladas son abstracciones; sus propiedades sólo se pueden definir y observar a través de su interacción con otros sistemas” (en Pigem, 1991:99); por esto, y como señala Fritjof Capra, “cada partícula consiste en todas las demás partículas” (ibídem).

       Según la ortodoxia actual de la física teórica, las supercuerdas constituyen el avance más excitante en muchos años, pues ofrecerían la posibilidad de reconciliar la teoría de la gravitación con la mecánica cuántica y, al mismo tiempo, la de unificar todas las fuerzas y partículas conocidas en la naturaleza. De allí que en la jerga se las llame, con cierta ironía, TOE (Theory of Everything, Teoría de Todo).

       Pero, nos preguntamos, ¿quién es capaz de seguir la endiablada complejidad de la teoría de las supercuerdas?, (ver algunas de sus representaciones visuales buscando en Internet el término “supercuerdas”, como en: <http://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_de_supercuerdas>). Y, con todo, parece haber ahí un camino irreversible, ya que la contradicción estaría en el corazón de la realidad, al no haber partículas elementales sino sólo las vibraciones de unas minúsculas y metafóricas cuerdas que diluirían la materia en una especie de música, pues la física no trata tanto con sustancias como con relaciones. Y, según se mire, la realidad es antes abstracta que concreta. Werner Heisenberg explicaba, al final de su vida, que lo verdaderamente fundamental en la naturaleza no son las llamadas partículas elementales sino las simetrías abstractas que hay más allá de ellas.

       2. Armonía en la Estética

       Para muchos científicos, como, por ejemplo, el mismo Einstein, la ciencia no busca tanto el orden y la igualdad entre las cosas cuanto unos aspectos todavía más generales del mundo en su conjunto, tales como “la armonía”, “la simetría”, “la belleza”, y “la elegancia”, aun a expensas, aparentemente, de su adecuación empírica.

       Según la Neurociencia actual, nuestro sistema cognoscitivo y el afectivo no son dos sistemas totalmente separados, sino que forman un solo sistema, la estructura cognitivo-emotiva; por ello, es muy comprensible que se unan lo lógico y lo estético para darnos una vivencia total de la realidad experiencial. Esto, naturalmente, no desmiente el hecho de que predomine una vez uno y otra el otro, como constatamos en la vida y comportamiento cotidiano de las personas. Así fue como Einstein vio la teoría general de la relatividad. En efecto, Hans Reichenbach (miembro del Círculo de Viena) reporta una conversación que tuvo con él: “Cuando yo, en cierta ocasión, le pregunté al profesor Einstein cómo encontró la teoría de la relatividad, él me respondió que la encontró porque estaba muy fuertemente convencido de la armonía del Universo” (en Rogers, 1980:238).

       En la misma ciencia más pura, la genialidad de Einstein ha sido ubicada, no tanto en su inteligencia, considerada bastante normal, sino en una imaginación desbordada y muy fuera de lo común. De aquí, que él repitiera frecuentemente que “la ciencia consiste en crear teorías”, es decir, en crear modelos imaginados, estructuras teóricas, analogías, alegorías, símiles y comparaciones para representar los significados potenciales de las realidades que nos circundan. Todo esto liga mucho la ciencia, como él la enten-día, con el arte. Cuando Einstein, refi­riéndose a la teoría cuántica, dice que “tal teoría no le gusta”, que “no le gustan sus elementos”, que “no le gustan sus implicacio­nes”, etc., su asistente personal de inves­tigación lo interpreta aclarando que “su enfoque (el de Einstein) tiene algo en común con el de un artista; que ese enfoque busca la simplicidad y la belleza (...); que su método, aunque está basado en un profundo conocimiento de la física, es esencialmente estético e intuitivo (...); que, excepto por el hecho de ser el más grande los físicos desde Newton, uno podría casi decir que él no era tanto un científico cuanto un artista de la ciencia” (Clark, 1972: 648-650; cursivas añadidas).

       Es más, se dice que la belleza es nombrada hoy día más por los físicos que por los críticos de arte. En efecto, mucho antes de que los físicos y, en general, los científicos tomaran conciencia de la importancia del arte como instrumento cognoscitivo, el arte y la literatura ofrecieron soluciones, especialmente a los problemas humanos, en mayor sintonía con su propia y compleja naturaleza, es decir, intuiciones más orgánicas e integrales.

       Niels Bohr (amigo y, en ciertos temas, opositor de Einstein) afirmaba que “cuan­do se trata de átomos, el lenguaje sólo se puede em­plear como en poesía. Al poeta le interesa no tanto la des­crip­ción de hechos cuanto la creación de imágenes” (en Bro­nowski, 1979:340). Y, refiriéndose a la naturaleza íntima del mundo atómico, señala una idea básica que, a fortiori, es válida para las ciencias humanas:

      Conocen, sin duda –decía él– la poesía de Schiller Sen­tencias de Confu­cio, y saben que siento especial predilec­ción por aque­llos dos versos: “Sólo la pleni­tud lleva a la claridad y es en lo más hondo donde habita la verdad”. La plenitud es aquí no sólo la ple­nitud de la expe­riencia, sino también la plenitud de los con­ceptos, de los diversos modos de hablar sobre nuestro problema y sobre los fenóme­nos. Sólo cuando se habla sin cesar con conceptos diferen­tes de las mara­villo­sas relaciones entre las leyes forma­les de la teo­ría cuántica y los fenómenos observa­dos, quedan iluminadas estas relacio­nes en todos sus aspectos, adquie­ren relieve en la concien­cia sus aparentes con­tradicciones internas, y puede llevarse a cabo la transfor­mación en la estructura del pensar, que es el pre­supuesto necesario para comprender la teoría cuán­tica (...) Hemos de poner en claro el hecho de que el lengua­je sólo puede ser empleado aquí en forma pareci­da a la poesía, donde no se trata de expresar con pre­cisión datos objeti­vos, sino de suscitar imágenes en la conciencia del oyente y esta­blecer enla­ces simbóli­cos (...) Desde el momento en que no pu­diéramos hablar ni pensar so­bre las grandes interde­penden­cias, habría­mos perdido la brújula con la que podemos orientarnos rec­tamente (en Heisen­berg, 1975: 52, 259, 269).

También David Bohm que, después de la muerte de Einstein, fue considerado el físico de mayor renombre y prestigio, dice que “la naturaleza actúa más como una artista que como un ingeniero… Por lo tanto, requiere una actitud básicamente artística para comprenderla”, para comprender, por ejemplo, cómo crea, a través de la evolución, esas bellas variaciones de plantas, peces, aves y animales en general. Este autor que, desde mediados del siglo XX ha realizado contribuciones decisivas a la física cuántica y a la relatividad, ha guiado, como Einstein, sus investigaciones por la “fe” en que, tras el aparente caos y desorden de la materia, ha de existir un orden que todavía no alcanzamos a comprender, el orden implicado, que él explica en su clásica obra “La Totalidad y el Orden Implicado”. Algo semejante debió haber ocurrido en el Renacimiento: una transformación radical en la que se incluían la ciencia, el arte y una nueva visión de la humanidad.

       Igualmente, Aldoux Huxley afirmaba que “las ciencias de la vida necesitan las intuiciones del artista” (en Vilar, 1997:242). Es más, no sólo las ciencias de la vida, sino hasta Premios Nobel han tomado, a veces, sus conceptos básicos de la Literatura, como hizo Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física 1969, el cual tomó el concepto de las partículas elementales de la física llamadas “quarks”, pieza clave en la estructura básica de la materia, de un poema de James Joyce, y, concretamente, de la frase rítmica “three quarks for Mr. Mark” (ibídem, p. 241).

       Recordemos que también para la mente griega la belleza tuvo siempre una significación enteramente objetiva. La belleza era verdad; constituía un carácter fundamental de la realidad. De ahí nació el famoso lema, tan significativo y usado a lo largo de la historia del pensamiento filosófico: “lo bueno, lo verdadero y lo bello convergen”; es decir, “convergencia de la ética, la ciencia, y el arte”, pues sólo la convergencia de estos tres aspectos eidéticos del ser nos daría la plenitud de la significación, la plenitud de “la verdad”.

            Bertrand Russell, considerado uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX y, quizá, de toda la historia de la humanidad (escribió 79 libros), dice que “la ciencia, como persecución de la verdad, será igual, pero no superior, al arte” (1975:8). Y Goethe señala que “el arte es la manifestación de las leyes secretas de la naturaleza, sin el cual nunca podrían revelarse” (en: Nietzsche, 1973:127). Por esto, el mismo Gadamer concluye diciendo que “la oposición entre lo lógico y lo estético se vuelve dudosa” (1984:656).

       Para poder entender más a fondo la naturaleza de la dinámica del arte en la mente del artista, tenemos que penetrar más íntimamente la dinámica preconsciente de los procesos creativos. A esta persistencia del valor de la intuición inicial se refiere el siguiente extracto de Picasso:

            En mi caso, un cuadro es una suma de destrucciones. Pinto un cuadro y después me pongo a destruirlo. Pero al final yo no he perdido nada. El rojo que he sacado de un sitio reaparece en otro. Sería interesante registrar fotográficamente no las diferentes etapas de un cuadro, sino su metamorfosis. Entonces, veríamos quizá por qué caminos un espíritu llega a la cristalización de su sueño. Pero lo que es curioso es ver que la imagen no cambia fundamentalmente, el aspecto inicial queda casi intacto, a pesar de las apariencias. A menudo veo luz y oscuridad cuando las he puesto sobre mi cuadro; hago todo lo que puedo por “destrozarlas” añadiendo un color que crea un efecto contrario. Yo percibo, cuando ese trabajo ha sido fotografiado, que lo que he introducido para corregir mi primera visión ha desaparecido, y que después de todo la imagen fotográfica corresponde a mi primera visión, a la visión que tenía antes de que mi voluntad no hubiese impuesto transformaciones ulteriores (en Beaudot, 1980:196).

       Oigamos, igualmente, cómo el famoso escritor y poeta ruso, Alejandro Pushkin, describe su propia vivencia de la dinámica del proceso creativo:

Y me olvido del mundo, y en silencio dulzón

me sumerjo profundo y emerjo en fantasía,

despertándose, así, en mí, la poesía;

el alma se embelesa de lírica emoción,

palpita, sueña, busca los sueños en diseños,

se vierte, finalmente, en libre proyección,

acudiendo invisibles, como una exhalación,

mis viejos conocidos, los frutos de mis sueños.

Y se hacen las ideas audaces en la mente,

y el ritmo alado engarza con ellas en tropel

y la pluma en los dedos se aproxima al papel…

Al minuto, los versos ya fluyen libremente”.

       Para la Filosofía Perenne, tanto occidental como oriental, el arte siempre ha sido una forma de conocimiento. Dante escribió la Divina Comedia con la finalidad práctica de indicar el camino hacia el ámbito que hoy llamamos transpersonal. Y esto, hasta el punto que alguno de los críticos más agudos del arte, como el inglés John Ruskin, advirtió que “la industria sin arte es brutalidad”. En efecto, los paisajes de Van Gogh no se limitan a representar trigales, cielos, girasoles o cipreses; expresan, a través de ellos, una experiencia transcendente. También Picasso se refirió al arte como algo sagrado: “Deberíamos –señala él– ser capaces de decir que tal y tal obra es como es, con su capacidad de poder, porque está ´tocada por Dios´. Pero la gente lo interpretaría mal. Y, sin embargo, esto es lo más que podemos acercarnos a la verdad” (en Pigem, 1991: 118-121).

       En el esplendor del Islam había edificios capaces de despertar tales emociones que quien entraba en ellos podía ponerse a llorar. Y genios de la arquitectura, como Gaudí y Rudolf Steiner, ambos inspirados simultánea-mente por la espiritualidad y el amor a las formas naturales, señalan, en unas conferencias: “Quizá, nuestros propios edificios no lo conseguirán todavía…, pero quienes sean receptivos a lo que expresa este arte, con tal de que sólo hayan aprendido a entender el lenguaje de estas formas, nunca en sus corazones –y ni siquiera en sus mentes– harán daño a sus congéneres; pues las formas artísticas les enseñarán amor; aprenderán a convivir con sus congéneres en paz y armonía. La paz y la armonía se derramará a través de estas formas en sus corazones” (ibídem).

       Otro tanto habría que decir de la música, pues, sin duda, ha sido siempre considerada como la más sublime y espiritual de las artes, capaz de llevar al ser humano hacia niveles inimaginables de trascendencia y espiritualidad. Todo esto nos introduce en la otra esfera de la realidad: la ética.

       La constatación de la confluencia de estas diferentes fuentes y procesos de información con que trabaja nuestra mente en su actividad creadora, son las razones que han llevado a ilustres universidades como la de Harvard a pedir a sus estudiantes que el 25% de las asignaturas que cursen sean de áreas externas a su especialidad; e, igualmente, que en muchas universidades de reciente creación, desde su planificación –como la Universidad Simón Bolívar, de Caracas–, unos 40 créditos (15 cursos) sean de Estudios Generales, es decir, de formación personal, paralela a la formación profesional.

3.   Armonía Ética

La filosofía griega creó una imagen del hombre centrada en la virtud y la razón: el hombre alcanzaba la virtud a través del uso de la razón y siguiendo sus demandas. El pensamiento cristiano le añadió los conceptos de amor y pecado. El Renacimiento introdujo los aspectos de poder y voluntad, plasmando la imagen política del hombre. Los siglos XVIII y XIX racionalizaron el interés de los hombres por la propiedad, las cosas y el dinero. La imagen freudiana de la primera mitad del siglo XX enfatizó el aspecto impulsivo, irracional e inconsciente del ser humano, y la psicología conductista puso el acento en la presión que ejercen los factores ambientales. Pero nunca como en los tiempos actuales se enfatizó tanto la necesidad de la armonía y convivencia cívicas.

En esta búsqueda de la esencia del ser humano, pareciera que todo nos lleva hacia una integración y armonía con nuestro entorno universal; es decir, como si todo nos indicara que el ser humano no puede ser algo que está al margen o en contraste con el todo de que forma parte; y, menos aún, que es algo sin sentido que, cuando el Universo entero, tanto al nivel físico y cósmico (entes inorgánicos), como al nivel de los seres vivos (plantas y animales), todo respira orden, armonía y belleza, debido a leyes perfectas que los rigen, el ser humano, que es el único que goza de verdadera libertad de acción, tenga un comportamiento que contrasta con todo el Universo.

Aristóteles afirmó que el hombre era básicamente un "animal racional". El filósofo Baruch Spinoza consideraba que "el hombre es un animal social", y otros autores, como Cassirer (1975), han señalado que "el ser humano es, sobre todo, un animal simbólico"; es decir, que su vida se desarrolla y despliega en medio de símbolos. Pero los pensadores existencialistas han puesto un énfasis particular en los dilemas que vive el hombre contemporáneo en una sociedad de masas y estandarizada, en la cual se siente, a veces, enjaulado, alienado y deshumanizado.

En esa situación, aunque rodeado de gente por todas partes, el indi­viduo se siente solo ante su propia existencia, que le obliga a encarar sus dudas, miedos y ansiedades, y busca la compañía de los demás como un medio para superar su soledad. Así, esta tendencia, natural en el hombre, se ve aumentada en los últimos tiempos. Esa ten­dencia se presenta como positiva y constructiva en sí; pero también puede llegar a ser negativa y destructiva cuando es una consecuencia reactiva de la frustración de necesidades básicas.

       Quizá, uno de los pensadores que más directamente se enfrenta y rechaza el individualismo es Hegel. Todo su sistema filosófico se constituye sobre el concepto de relación y dialéctica; el individuo aislado es un enajenado y carece de verdad, es decir, que no es un singular verdadero si no se une a lo universal. El individuo tiene verdadera realidad sólo cuando se niega a sí mismo para unirse a lo universal, esto es, a la familia, a la sociedad civil, a las distintas instituciones sociales y a la historia universal. En la unión e integración con estas entidades creadas por el hombre es donde se encuentra la esencia del individuo, su desarrollo y realidad plenos, su verdadero destino y su realización total y acabada (Vásquez, 1993: 36, 282, 283).

       El autor, entre los que más han desarrollado esta gran in­tuición de Hegel, –que en el fondo es la idea básica del Cristianismo– es Martín Buber. Su obra y su pensamiento están funda­men­tados en ella.

  El hecho fundamental –dice Buber– de la existen­cia hu­ma­na es el hombre con el hombre. Lo que singulariza al mun­do humano es, por encima de todo, que en él ocu­rre entre ser y ser algo que no en­cuentra par en nin­gún otro rincón de la naturale­za. El lenguaje no es más que su signo y su medio; toda obra espiritual ha sido pro­vocada por ese al­go... Esta esfera... la de­nomino la esfera del “en­tre” (zwis­chen)­... y consti­tu­ye una pro­tocategoría de la realidad humana... Úni­ca­mente en la relación viva podre­mos reconocer inme­dia­ta­men­te la e­sencia peculiar al hombre... (1974: 146-150).

Buber describe esta relación profunda, de persona a perso­na, como una relación "yo-tú", es decir, una mutua experiencia de hablar sinceramente uno a otro como personas, como somos, como sentimos, sin ficción, sin hacer un papel o desempeñar un rol, sino con plena sencillez, espontaneidad y autenticidad.

Donde mejor puede observarse la verdadera naturaleza de esta característica es en el pro­ceso de crecimiento humano (educación) o en el proceso de recons­trucción humana (psicoterapia): en este contexto, es fácil observar que el ser humano está sediento de relaciones auténticas y profundas, de relaciones humanas donde pueda ser él mismo en todas sus dimensiones y aceptado plenamente como es, sin que se le utilice para cualquier tipo de diagnóstico, evalua­ción o análisis y sin que se le pongan barreras cognoscitivas o emo­cionales. Este tipo de relación es la que constituye la mejor forma educativa y, cuando ésta ha fallado, la mejor práctica terapéutica.

Este cambio básico en nuestra sociedad, que hace de todo ser un ser-en-relación, donde cada entidad humana está constituida por un gru­po de relaciones que tiene con las demás entidades, requiere paralela­mente un cambio en la educación. La nueva educación debe fijar como una prioridad el sentido y conciencia de la propia responsabilidad, es decir, el ser sensible y percatarse de la repercusión positiva o negativa que la conducta individual tendrá en las demás personas.

En la medida en que sea cierto que nuestros mayores problemas ac­tuales son los humanos, el planificador educacional deberá asumir la res­ponsabilidad de estructurar un currículum que prepare a la generación joven para estos grandes desafíos presentes, que han de ser mayores en el futuro. Ahora bien, es necesario tener bien claro que estos altos logros no se alcanzan sin un aprecio y estima profundos de los seres hu­manos. Esto implica, a su vez, el conocimiento del otro, el conocimien­to que sólo ofrece la comunicación y diálogo auténticos y reales; un diá­logo que no es mera conversación y, menos aún, discusión, sino que se fundamenta en el deseo de comunicarse empáticamente, es decir, en la actitud interna, intención y disposición de entrar en la mente de los demás para poder comprender su visión de las cosas, sus intereses y tam­bién, cuando fuera diferente, su cultura.

Este movimiento humanista ha ido logrando a nivel mundial una serie de "frutos" de amplísima repercusión, tanto a nivel de derechos huma­nos, del niño, de la mujer, como a nivel de acuerdos políticos, de desar­me, de comercio, de reducción del colonialismo, etcétera.

En la educación humanista se da gran importancia y valor a los modos de enseñar a la gente a construir cálidas relaciones interpersonales y a los modos de enseñar a aumentar la confianza, la aceptación, la conciencia de los sentimientos de los demás, a la honestidad recíproca y otros modos de conocimiento social.

Como una especie de definición orientadora, pudiéramos de­cir que la Educación Humanista es aquella en la cual todas las facetas del proceso de desarrollo humano dan un énfasis especial a las siguien­tes realidades: unicidad de cada ser humano, tendencia natural hacia su autorrealización, libertad y autodeterminación, integración de los aspec­tos cognoscitivos con el área afectiva, conciencia y apertura solidaria con los demás seres humanos, reconocimiento de su capacidad de originalidad y creatividad, y jerarquía de valores y dignidad personales. Éstas deberán constituir las metas hacia cuyo logro se orientarán las acciones de los “educadores” en el “aula planetaria” en que vivimos. En esta aula abierta y universal son “educadores”, para bien o para mal, todas las personas que ocupan cargos o posiciones públicas o que tienen una vida o comportamiento que está a la luz de sus conciudadanos. Como dice un sabio adagio pedagógico, “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”.

Esta misma idea es hoy día avalada en el terreno ético por la “resonancia mórfica” que tratamos más arriba, ya que nuestras ideas y actitudes pueden influir a distancia, para bien o para mal, sobre otras personas, sin que ellas ni nosotros lo sepamos, realidad, ésta, que vendría a dar un aval a la actividad de aquellos grupos religiosos que, en todos los tiempos, han escogido una vida contemplativa, centrada en la meditación y la oración por los demás. Y, en la misma persona, –señala el Padre de la Psicología Humanista, Abraham Maslow– “la falta de seguridad, respeto y amor puede causar tantas enfermedades como la falta de vitaminas”.

Un análisis profundo de esta orientación formadora de verdaderos seres humanos a nivel mundial, es precisamente la que han seguido aquellos países que envidiamos por su progreso, modo de ser y vida feliz, y es, también, el objetivo que las Naciones Unidas ha fijado como meta al establecer la Carta Magna de los Derechos Humanos como base de todo desarrollo verdaderamente humano. Es también el objetivo que se han fijado y por el que trabajan todas las Instituciones Educativas, entre las que se distinguen las de signo religioso, a lo largo y ancho del Planeta.

       Conclusiones

       La sabiduría de la Naturaleza y su diseño es un modelo tanto para el ingeniero como para el artista. Sus atributos de simplicidad, economía, belleza, propósito y armonía la convierten en un modelo para la educación, la ética y la política. El viejo conflicto entre ciencia, arte y religión es algo que desde hace mucho tiempo debía haber sido archivado, quizá, desde que Kant escribió, en su Crítica de la Razón Pura: “el orden magnífico, la belleza y la previsión que por todas partes descubrimos en la Naturaleza, son capaces por sí solos de producir la creencia en un sabio y magnífico Creador del Universo y una convicción fundada que pasa al público en principios racionales” (1973/1781, vol.1, p.141). Notemos que los términos que usa Kant, “el orden, la belleza y la previsión”, son, precisamente, otra forma de referirse a la Ciencia, la Estética y la Ética. Por ello, la Nueva Ciencia Integral no rechaza las aportaciones de Galileo, Descartes o Newton, sino que las considera como verdades parciales y las integra en un contexto mucho más amplio y con mayor sentido, como lo hace la Teoría General de la Relatividad de Einstein.

       Como podremos observar, esta “plenitud de significación y de verdad” que nos daría la integración de estas tres formas eidéticas de la realidad, equivale a lo que solemos considerar como un auténtico resultado de una sólida y rica formación personal y profesional, la cual nos lleva a la verdadera sabiduría, a la prudencia o sindéresis (como capacidad para juzgar rectamente). Esta sabiduría vendría a ser como una realidad emergente vivencial en la mente y vida del sujeto humano, que no se daría en los componentes que la constituyen, sino en su interacción recíproca. No es, por lo tanto, una disciplina tradicional, sino una meta- o trans-disciplina. Esta sabiduría integraría los aspectos “verdaderos” de la realidad (Ciencia) con su armonía y elegancia estética (Arte) y con el respeto, aprecio y promoción de la naturaleza de esa realidad (Ética). Esta tríada de saberes integrados es lo que la Unesco trata de señalar como el objetivo fundamental de toda renovación, reforma y replanificación universitaria.

Hoy día, después de la ilusión del pasado, que nos hizo creer que la ciencia nos conduciría a un futuro de progreso infinito, y después de la amarga experiencia de Hiroshima, Nagasaki y Chernobyl, sabemos que la ciencia es ambivalente y que ya dispone del arsenal nuclear suficiente para convertir al planeta entero en un montón de cenizas y tan estéril como los demás planetas de nuestro sistema solar. Por ello, cobra suma importancia el papel de los estudios de sustentabilidad del medio ambiente y del papel que juega, sobre todo, la Ética, pues hasta la crisis mundial que estamos viviendo es considerada por eminentes economistas como resultado de una falla de los valores éticos y de responsabilidad en las compañías calificadoras de riesgos de inversión.

Las grandes tradiciones filosóficas y espirituales y su “filosofía perenne” (recogiendo el término de Leibniz) reconocen una Realidad Divina esencial en el mundo de las cosas, de las vidas y de las mentes, que no es fácil expresar en palabras, pero que nos invita a despertarnos del sueño en que vivimos habitualmente, a salir de la caverna de ilusiones en que nos hallamos y que describió tan bellamente Platon en su famoso mito, aunque quien intente explicar que fuera existe la luz a quienes sólo conocen la caverna sea tomado por ellos como loco o embustero.

 

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[1] El Dr. Miguel Martínez M. es Profesor Titular (jubilado) de la Universidad Simón Bolívar de Caracas (Venezuela), y responsable de la línea de investigación “Epistemología y Metodología Cualitativa”. E-mail: miguelm@usb.ve.

 Páginas de Intenet: http://prof.usb.ve/miguelm;   http://miguelmartinezm.atspace.com.