En Rev. INTERACCIÓN Y PERSPECTIVA (LUZ)

2011, 1,2, pp. 105-

 

La Metódica de las Historias-de-Vida en Alejandro Moreno

 

Miguel Martínez Miguélez [*]

      

 

RESUMEN

 

Este artículo trata de ilustrar el significado teórico y práctico que tiene el concepto de “metódica” en las historias-de-vida, de acuerdo a las publicaciones y práctica docente y de investigación de uno de los representantes más connotados internacionalmente en ese campo: el Dr. Alejandro Moreno. En este sentido,  el artículo analiza esta temática en tres áreas: primero, contraponiendo al conocimiento científico clásico el conocimiento ordinario en el siglo XX, e ilustrando, para ello, el significado epistemológico de los conceptos científicos de "universalidad", “comunicabilidad”, “intersubjetividad” y “transferibilidad” de la ciencia; en segundo lugar, analizando las perspectivas de la metodología cualitativa en historias-de-vida con sus autores clasícos; y, en tercer lugar, centrándonos en el pensamiento de nuestro autor y su “metódica”, entendida como una posición abierta a todo lo que la historia misma va sugiriendo a través de las “marcas-guías” o “rasgos universales” organizadores de significados.

Palabras clave: metódica, historias-de-vida, epistemología, metodología cualitativa.

 

ABSTRACT

 

This article attempts to illustrate the theoretical and practical significance of the concept of "methodics" in “life-stories”, according to the publications and teaching practice and research of one of the most internationally renowned representatives in this field: Dr. Alejandro Moreno. In this sense, the article explores this issue in three areas: first, contrasting the classical scientific knowledge and the ordinary skill in the XX century, and illustrating, for this, the epistemological significance of the scientific concepts of "universality", "communicability", "intersubjectivity, and "transferability" of science; in the second place, analyzing the prospects of qualitative methodology in life-stories with classical authors, and, thirdly, focusing on the thought of our author "methodics", understood as a position open to all that history itself is suggesting through the "landmark-guides" or "universal features" organizers of meanings.

Keywords: methodics, life-stories, epistemology, qualitative methodology.

 

Introducción

       La sabiduría popular, desde hace muchos años, ha señalado que “el árbol se conoce por sus frutos” y, viceversa, que “conociendo el árbol se conocerán sus frutos”. Por esta razón, me parece conveniente decir algo sobre la personalidad de Alejandro Moreno antes de hablar de un sector importante de su vida, como es su aporte a la metodología de la investigación científica.

       El gran psicólogo humanista, Gordon Allport, nos dice que cada ser humano es único e irrepetible, por ser el fruto de una intrincada combinación genética y portador de un genotipo único (1966: 21). Y la Neurociencia actual nos señala que la probabilidad de que aparezcan dos ADN iguales es de una vez por cada 1010 000, es decir, un número de veces de 1 seguido por diez mil ceros (Popper y Eccles, 1985: 628). Esta unicidad la constatamos, por lo menos en parte, al ver que no encontramos dos rostros iguales entre los 6.500 millones de habitantes actuales de la Tierra, aunque todos tengamos los mismos elementos faciales.

       Pero esta unicidad lleva muchas implicaciones consigo y trae muchas consecuencias en todos los campos de la vida humana, como la metafísica, la política, la ética, la estética, la democracia y, en general, para el estudio del ser humano y la explicación de su conducta, como también para un conocimiento adecuado del mismo, los métodos a usar, las técnicas a aplicar, los modelos más eficaces y la validez de sus procedimientos.

       Estas dos temáticas, la unicidad del ser humano, por un lado, y las implicaciones que conlleva para su estudio, por el otro, se han unido en nuestro personaje: el Dr. Alejandro Moreno. Los que lo conocemos de cerca desde su adolescencia, siempre hemos quedado impactados ante la dinámica de su personalidad en esos dos sectores: es cierto que todos somos diferentes, pero, como se dice, a veces, unos son “más diferentes” que otros, y Alejandro lo es en verdad; basta oírlo hablar, o, también, leer alguna de sus publicaciones. El que lo oye por primera vez, a veces, hasta se asusta, ya sea por la dinámica de su verbo como por la lógica que lo acompaña. Pero los que lo hemos oído desde hace tiempo, ponemos “la cosa” en un largo contexto temporal, apreciamos su agudeza y profundidad y esperamos que, más tarde, o en otro momento, la enfoque desde otro ángulo o perspectiva, que será, igualmente, agudo y profundo.

       La otra característica relevante de su personalidad es el ímpetu, consagración, dedicación o tenacidad cuando emprende una tarea que cree importante. Ésta puede ser de tipo pedagógico (como los scouts, en su juventud), de tipo académico e intelectual (como el Centro de Investigaciones Populares), de naturaleza científico-metodológica, que ilustraremos en estas páginas), de tipo pastoral (como su labor en el barrio durante los últimos 25 años), etc. Alejandro no es un personaje del “más o menos”, de “medias tintas”, del “echa pa´ lante que el golpe avisa”, y cosas por el estilo; para él las cosas son o no son, y quien trabaje con él lo sabe. Él es consciente de que se puede equivocar, pero reconoce sus errores y, lo más importante, es que los corrige. De esta manera, logra siempre los objetivos prefijados y los logra a muy buen nivel.

       Señaladas estas premisas, vamos a centrarnos en el título de este ensayo, el cual expresa la temática a que nuestro autor dedicó una gran parte de su vida. Primero lo haremos ilustrando el “status quaestionis”, como escenario, y la diatriba epistemológica y metodológica en la segunda parte del siglo XX, especialmente en aquellas orientaciones clásicas pero cuestionadas, y, luego, pasando a la otra escena: la de las historias-de-vida en Alejandro Moreno.

       1. Conocimiento científico vs conocimiento ordinario en el siglo XX

La ciencia es, en último análisis, conoci­miento, como lo indica su nombre. Sin embargo, suele ser con­siderada como conocimiento de un género determinado, conocimiento de leyes generales observadas en casos particulares. Este rasgo diferen­ciaría el conocimiento científico del conocimiento local y ordinario referido a un caso, entidad, hecho o individuo particular. Aun los filósofos escolásticos solían repetir que scientia non est individuorum  (la ciencia no trata de individuos o casos particulares).

Según esta orientación, las ciencias serían –utilizando la termino­logía de Windelband– disciplinas nomotéticas, es decir, que estudiarían solamente leyes de amplia aplicación, preferiblemente universales, y la individualidad sería estudiada solamente por la historia, el arte o la bio­grafía, cuyos métodos son idiográficos.

       No obstante, el estudio de la individualidad podía alcanzar también una "universalidad" o generalidad en algún aspecto y en alguna me­dida, nada despreciable en cuanto a su importancia y utilidad. Por ejemplo, el estudio profundo de un individuo o de una entidad puede evidenciar una es­tructura personal o particular con un conjunto de rasgos y disposiciones peculiares que, aunque pertenecen únicamente a esa persona o entidad, describen y pueden predecir e incluso ayudar a "controlar" su conducta a lo largo de un extenso período de su vida. Aquí tendríamos un tipo de universalidad "temporal" –porque se extiende a muchas situaciones en el tiempo–, que puede ser más útil, en relación con el individuo o entidad, que la universa­lidad "espacial" o "extensional", referida a un elemento de muchos sujetos o entidades.

       Por otro lado, se pensaba, es posible que la naturaleza del objeto sea única, tan irrepetible e irreproducible como la explosión de una estrella nova, la erupción de un volcán, un terremoto, determinada revolución política o el fenómeno de doble personalidad. En casos similares, a la ciencia no le queda otra alternativa que estudiar esos casos únicos en sí, ayudada, naturalmente, por su mejor equipo teórico.

Otra característica, objeto de frecuente discusión, era y es la comunica­bilidad de la ciencia. Si un conocimiento no es comunicable –suele decirse– no es científico. La razón principal de ello es que el cono­cimiento se considera como algo intersubjetivo que debe gozar de cierto consenso entre la comunidad científica.

En gnoseología se estudia un tipo de conocimiento estrictamente personal, el conocimiento vivencial, el comprender (Verstehen) profun­do, tan frecuente en las disciplinas humanas y tan experimentado y vivido por los psicólogos clínicos y por los artistas. Estas personas pue­den captar una realidad singular y particular a un gran nivel de profun­didad, y comprender los nexos y las complejas interrelaciones que constituyen ese ser individual, así como tener una vivencia y empatía muy peculiar y casi mística que les lleva a una cierta identificación con el objeto de estudio. En este caso, el sujeto poseería un conocimiento cierto, pero no científico; es decir, hablando etimológicamente, un conocimiento no-conocedor, cosa absurda.

       En cuanto al hecho de que se dé cierta intersubjetividad o consenso –otro criterio de la “cientificidad”– recordemos que Galileo estaba solo con sus teorías y que los "sabios" del tiempo, los doctores en filosofía, en derecho, en astronomía y en teolo-gía, calificaron sus teorías como "absurdas y filosóficamente falsas". Y mucho tiempo antes, el astrónomo Ptolomeo, en el siglo primero, había considerado la idea de que la Tierra se movía, como extraña, vieja (de los griegos) e "increíblemente ridícula"; en cambio, todo el mundo podía constatar el movimiento del sol.

Así como el que canta extra corum, por muy bien que lo haga y sea el único que está en lo cierto, siempre da la impresión de estar "desen­tonado", así las comunidades "científicas" siempre han censurado duramente al que rompe la "armonía" del paradigma aceptado y compartido, aun cuando ello sea para corregir falacias inveteradas.

En general, la gran mayoría de los hombres destacados y, sobre todo, los que han dado origen a las revoluciones científicas (como Co­pérnico, Galileo, Newton, Darwin, Planck y otros), se han quedado solos duran­te mucho tiempo y, en repetidas circunstancias, se les consideró como faltos de "sentido común" (y con razón, pues ese sentido común estaba errado) y alienados (cosa igualmente cierta en cuanto separados del común pensar y obrar). Por esto, Max Planck escribió con tristeza en su Autobiografía que "una nueva verdad científica no triunfa por medio del convencimiento de sus oponentes, haciéndoles ver la luz, sino, más bien, porque dichos oponentes llegan a morir y crece una nueva generación que se familiariza con ella".

       Otro criterio de la ciencia clásica es la generalización de sus conclusiones. Por esto, para llegar a la identificación de una estructura humana (psíquica o social) más o menos gene­ralizable, deberíamos localizar primero esa es­tructura en indivi­duos o situa­ciones particulares mediante el estudio y la cap­tación de lo que es esencial o universal, lo cual es signo de lo necesario, pues lo universal no es aquello que se repite muchas veces, sino lo que pertenece al ser en que se halla por esen­cia y necesariamente. La captación de esa esencia depende más de la agudeza intelec­tual del investigador, la cual no tiene sustituto, que del uso de técnicas.

       Tanto Aristóteles como el mismo Francis Bacon enten­dían por induc­ción, no tanto la inferencia de leyes univer­sales a par­tir de la observa­ción de muchos casos particu­la­res, sino un método mediante el cual llega­mos a un punto en el que po­demos intuir o perci­bir la esencia, la forma, o la verda­dera naturaleza de las co­sas, que encierra lo uni­ver­sal. El mismo Galileo consideraba que las leyes de la naturaleza, que son regulares y que tratamos de descubrir, pueden ser captadas sin necesidad de multiplicar las observaciones, sino que bastaba una buena observación realizada intensivamente para aprehenderlas.

       ¿Cómo se puede generalizar partiendo del estudio de un solo caso o situa­ción? La generalización es posible por­que lo general sólo se da en lo particular. No se trata de estudios de casos, sino de estudios en casos o situaciones. Shakes­peare, por ejem­plo, elabora un retrato de Lady Macbeth que no se re­fiere única­mente a una noble dama escocesa particu­lar que vivió en el siglo XI, sino que es una admirable ima­gen univer­sal de la ambi­ción y sus estragos. Igualmente, García Márquez estudia y describe una situación en su clásica obra Cien Años de Soledad, donde capta lo universal latinoamericano; y así han hecho todos los clásicos: por eso son clásicos, y trascienden los lugares y los tiempos; y Pia­get, estu­dian­do a fondo a sus propias hijas, estructuró leyes de vali­dez univer­sal que han sido consideradas entre los aportes más signifi­cativos de la psicología del siglo XX.

       Por otra parte, es necesario tener muy en cuenta que una estructura individual o universal nunca podrá ser in­ducida del estudio de elementos aislados en muchas per­so­nas, del mismo modo que no podemos cono­cer la fisono­mía típica de una deter­minada raza humana estudiando de ma­ne­ra separada los ojos, la boca, la nariz, etc., sin ver nun­ca el rostro completo y su red de relaciones. Por ese camino ni si­quiera reconoceríamos a nuestro mejor amigo. Es precisa­men­te esa “red de relaciones” la que hace que un rostro o una raza sean diferentes de los demás. Y para conocerla nos basta conocer un solo rostro: por ejemplo, un solo mongol y sus diferencias faciales con los chinos, japoneses, coreanos, etc.

       Esta orientación de conocimiento ordinario y general tiene una larga tradición. La encontramos ligada, por ejemplo, a la Eneida con el famoso “ab uno disce omnes” (por uno conócelos a todos) en la discusión de los troyanos sobre si meter o no en la ciudad el enigmático caballo dejado por los griegos. Y, en nuestra vida ordinaria, solemos expresarlo con el refrán “para muestra... un botón”.

       Sin embargo, siempre se presenta el problema del grado de transferibilidad de una situación a otra: ¿se puede hacer sin más o es una función directa de la similitud que haya entre ambos contextos? Pareciera que el esfuerzo mayor del investigador debería dirigirse hacia la identificación del patrón estructural que caracteriza a su objeto de estudio. En cambio, no es él quien debe estudiar el grado de similitud de su contexto con otros contextos o situaciones a los cuales puedan transferirse o aplicarse los resultados de su investigación. Ésa es tarea de quien vaya a hacer la transferencia o aplicación.

       De esta manera, será esa agudeza intelectual del científico la que exigirá la observación intelectual de muchos casos para intuir la esencia o naturaleza, o bien le bastará con muy pocos. Franz Brentano, filósofo y humanista, por ejemplo, considera que la buena descripción de un ejemplo individual puede hacer evidente la esencia sin que haya necesidad de acumular más casos particulares; igual que en las ciencias naturales, de un solo experimento bien realizado, se puede deducir o comprobar una ley. El método de Jean Piaget –apoyado básicamente en esta lógica– fue con­siderado durante mucho tiempo por numerosos investigadores positivis­tas como no-científico, debido a que no seguía ciertos cánones clásicos sobre el tamaño de la muestra. Sin embargo, el famoso científico atómico Robert Oppenheimer (1956), director del Proyecto Manhattan que creó la primera bomba atómica, al hablar a la American Psychological Association, lo propone como un modelo para iniciar la investigación en algunas áreas de las ciencias humanas.

       El espíritu de toda esta orientación epistemológica no es nuevo, pues nos viene desde finales del siglo XIX, cuando Dilthey, Spranger, Weber, Jaspers y otros teóricos germánicos distinguieron claramente entre explicar (erklären) y comprender (verstehen). La explicación se centra en el análisis y la división para buscar las causas de los fenómenos y su relación y semejanza con otras realidades, con las cuales es comparada, referida y relacionada, es decir, “insertada en leyes más amplias y universales”, y tiene más aplicación en las ciencias de la naturaleza. Las relaciones que establece pueden permanecer, sin embargo, exteriores a los objetos analizados; no conducen a su naturaleza.

       La comprensión, por lo contrario, es la captación de las relaciones internas y profundas mediante la penetración en su intimidad, para ser entendida desde adentro, en su novedad, respetando la originalidad y la indivisibilidad de los fenómenos, y tratando de entender, a través de la interpretación de su lengua y gestos, el sentido que las personas dan a sus propias situaciones. En lugar de parcelar lo real, como hace la explicación, la comprensión respeta su totalidad vivida; así, el acto de comprensión reúne las diferentes partes en un todo comprensivo y se nos impone con mayor y más clara evidencia.

       En conclusión, no estamos ante dos tipos diferentes de conocimiento, sino ante un solo proceso natural de nuestra mente, la cual comienza conociendo una realidad en toda su concreción particular (con sus diferentes variables independientes, concomitantes, intervinientes y dependientes: conocimiento local, ordinario) y pasa, luego, a determinar lo que esa realidad posee como rasgos esenciales (que la constituyen como tal) y que, quizá, tiene en común o como diferente con otras realidades similares (conocimiento general y universal).

       Quizá, la mejor ilustración para una conciliación de cuanto hemos expuesto sobre el conocimiento general y el particular ordinario, nos la ofrece Bertrand Russell cuando afirma que

El mundo de los universales puede ser definido como el mundo de la esencia. El mundo de la esencia es inalterable, rígido, exacto, delicioso para el matemático, el lógico, el constructor de sistemas metafísicos y todos los que aman la perfección más que la vida. El mundo de la existencia es fugaz, vago, sin límites precisos, sin un plan o una ordenación clara, pero contiene todos los pensamientos y los sentimientos, todos los datos de los sentidos y todos los objetos físicos, todo lo que puede hacer un bien o un mal, todo lo que representa una diferencia para el valor de la vida y del mundo....

Según nuestros temperamentos, preferimos la contemplación del uno o del otro. El que no prefiramos nos parecerá probablemente una pálida sombra del que preferimos, apenas digno de ser considerado, en algún aspecto, como real. Pero la verdad es que ambos tienen el mismo derecho a nuestra imparcial atención, ambos son reales (1975: 89, cursivas añadidas).

       2. Perspectivas de la Metodología Cualitativa e Historias de Vida

       Lo desarrollado hasta aquí, en la primera parte, es una síntesis muy apretada de la situación, en la segunda parte del siglo XX, cuando entra en escena Alejandro Moreno. En lo que sigue, trataré de presentar el escenario académico-metodológico y más adelante una interpretación de su visión de la metódica de las historias-de-vida. En mi obra Ciencia y Arte en la Metodología Cualitativa (2006; actualización 2010), yo trato 12 métodos: 4 hermenéuticos, 4 fenomenológicos, 3 etnográficos (donde figura las Historias-de-Vida, redactado por el mismo Dr. Moreno) y uno sobre investigación-acción. El mismo hecho de solicitarle a él que redactara lo relativo a esa metódica indica mi admiración por su pensamiento y el alto nivel en que lo comparto; es más, algunos textos que siguen están tomados de ese y otros trabajos suyos, aunque, en parte, abreviados y reelaborados.

       2.1 “Historias de Vida” en la Primera Escuela de Chicago

       El enfoque cualitativo para la investigación en ciencias sociales viene tomando desde hace más de medio siglo un auge muy importante tanto porque los investigadores no se satisfacen con los resultados que aportan los tradicionales métodos cuantitativos cuanto porque la profunda reflexión epistemológica de los últimos tiempos ha movido las bases teóricas sobre las que esos mismos métodos se asentaban.

       Este auge puede dar la impresión, especialmente a los investigadores jóvenes, de que el enfoque cualitativo es nuevo y constituye un logro y una conquista de las orientaciones más actuales de la ciencia que, para muchos, vienen a ser una verdadera revolución.

       En realidad, el énfasis en lo cualitativo precede históricamente al énfasis en lo cuantitativo en todos los campos de la ciencia, pero, sobre todo, en las ciencias que se ocupan en conocer cuanto atañe específicamente al ser humano, a sus formas de vida y a su conducta, esto es, ese grupo de disciplinas que globalmente se conocen como ciencias humanas o ciencias sociales. En las primeras décadas del siglo XX, ya la clásica Escuela de Chicago (por algunos conocida como la Primera Escuela de Chicago), tiene una orientación netamente cualitativista, pues, se insistirá en el uso de documentos personales, en el trabajo de campo sistemático, en la interpretación de todo tipo de fuentes documentales. El enfoque es, por tanto, claramente cualitativo y encaminado a estudiar la realidad social desde dentro de ella misma.

       Pero para eso, era necesario reelaborar el concepto mismo de ciencia, sobre todo para el campo de las ciencias humanas, y desprenderlo de los esquemas positivistas radicales del siglo XIX y neopositivistas del XX. Esta tarea la ha realizado sobre todo la epistemología contemporánea.

       Es claro que el enfoque cualitativo no pretende eliminar sin más muchos contenidos y aspectos cuantitativos, pues no se le opone como si fuera su contrario; más bien, a veces lo considera no sólo útil, sino indispensable, aunque siempre sometiendo los resultados a una interpretación cualitativa, ya que, como señala Hegel (1966/1807:30), “la magnitud de algo se distingue por su carácter inesencial y aconceptual de la relación cuantitativa”, es decir, que no nos da ni la esencia ni la naturaleza de las realidades.

       Dos fueron los temas principales que ocuparon las investigaciones de la Escuela de Chicago: la inmigración y la delincuencia, principalmente la juvenil. William Thomas trabaja, especialmente, sobre la inmigración y los problemas que presenta en la ciudad de Chicago de principios del siglo XX. A los estudiosos estadounidenses les resultaban incomprensibles las conductas delictivas de muchos inmigrantes, pues ellas se salían del marco de los parámetros en que ese mismo tipo de comportamientos tenía sentido en la tradición delincuencial de sus propios connacionales.

       En la perspectiva teórica del interaccionismo simbólico, para Thomas era necesario penetrar en el significado subjetivo que esos delincuentes polacos le daban a sus actos. Pero, al trasladarse a Polonia para recoger toda la documentación posible sobre el campesinado polaco, se encuentra con Florián Znaniecki quien por su cuenta venía ya estudiando la sociología de la emigración. Juntos trabajarán desde entonces en lo que será la gran obra de la Escuela de Chicago, “The Polish Peasant” ("El Campesino Polaco"), cuya primera parte es publicada en 1918. En esa obra se reúne una enorme cantidad de documentos: cartas, artículos de periódicos, archivos de tribunales, sermones de los sacerdotes de las comunidades polacas tanto en Polonia como en Chicago. Pero lo más importante es que Thomas y Znaniecki marcan un hito en este proceso  de darle valor y precisar su investigación como documento científico; con sus exigencias de “objetividad” y rigor metodológico, le dan un estatuto de “cientificidad”.

       2.2  Las “Historias de Vida” en la segunda parte del siglo XX

       Ha sido necesario el vuelco epistemológico de los últimos años que reivindica la subjetividad como forma de conocimiento para que la historia de vida vuelva a ser considerada como de pleno valor científico.

       La narración desarrollada en forma sistemática, coherente y completa de la vida de un sujeto, sea realizada por él mismo, autobiografía, sea realizada por otro, biografía, pertenece a tiempos cercanos a nuestra época y, sobre todo, al mundo de la cultura occidental, especialmente a partir del Renacimiento. Lo cualitativo, lo vivido, lo compartido, tienen preponderancia sobre lo objetivo, lo observado, lo técnico del científico.

            A principios de la década de los 60, aparece la gran obra “biográfica” de Oscar Lewis, Los Hijos de Sánchez. En la introducción castellana (la original fue en inglés), se plantean ya los principales problemas conceptuales y metodológicos que las historias de vida suscitan en el investigador: los problemas de confiabilidad, validez y objetividad o, más bien, de superación de la subjetividad tanto del narrador de la historia como del investigador. “La familia Sánchez (seudónimo) formó parte de una muestra de setenta y una familias seleccionadas en Bella Vista (ciudad de México) para fines de estudio...”,  porque “me di cuenta –dice el autor– de que esta sola familia parecía ilustrar muchos de los problemas sociales y psicológicos de la  vida mexicana de la clase humilde” (pp. xxvii, xxix).

       Oscar Lewis es profesor en la Universidad de Chicago, visita frecuentemente durante tres años y pasa meses enteros con la familia Sánchez,  que está compuesta de un padre viudo con dos hijos y dos hijas. Hace numerosas grabaciones de los diálogos con cada uno de los hijos que presenta en la obra en tres series:  una relacionada con su vida de infancia, otra con la adolescencia y primera juventud y la tercera con la plena juventud y adultez; también tiene dos diálogos con el padre, que presenta, uno al principio y otro al fin de la obra. Cada diálogo tiene una unidad, es decir, que si uno de los hijos habló, por ejemplo, cinco veces sobre sus problemas sentimentales específicos de esa edad, los presenta seguidos como si se tratara de uno solo. Quizá, lo más valioso de la obra, según algunos críticos, es que, frecuentemente, los hijos narran el mismo hecho o acontecimiento familiar, social, económico, problemático, etc. desde su vivencia personal (masculina o femenina, hijo mayor o menor, etc); esto aumentaría la “objetividad” de las narraciones, pues serían visiones complementarias. En la introducción, el autor lo expresa así: “Las versiones independientes de los mismos incidentes ofrecidas por los diversos miembros de la familia, nos proporcionan una comprobación interior acerca de la confiabilidad y la validez de muchos de los datos y con ello se compensa parcialmente la subjetividad de toda autobiografía aisladamente considerada”. Es posible que esta visión sea la que ha hecho de la obra Los Hijos de Sánchez un clásico de las Historias de Vida y que, incluso, por ello, haya sido llevada al cine.

       La investigación con “historias de vida” tiene también otros autores relevantes. Nos referiremos solamente a dos de ellos con el fin de ampliar el escenario con el que se va a encontrar nuestro autor, que trataremos en la tercera parte. Estos autores son Franco Ferrarotti y Daniel Bertaux.

       Franco Ferrarotti.  Como líder de la Escuela Ítalo-Francesa, Ferrarotti, analizando estos temas en relación con el método de historias de vida, hace ver que “los datos, de por sí, entendidos como hechos reificados, o hechos cerrados en sí, separados del sujeto vivo, no son nada, ni siquiera pueden ser analizados por las ciencias sociales como su objeto propio, so pena de caer en el fetichismo de los datos empíricos elementales considerados teóricamente autónomos y autoexplicativos como si en verdad los hechos hablasen por sí mismos” (1981: 27).

       “La historia de vida –dice– es la contracción de lo social en lo individual, de lo nomotético en lo idiográfico” (1981: 4). Siendo esto así, en la vida de cada cual está toda su sociedad vivida subjetivamente, que es la única manera de ser vivida que una sociedad tiene, pues una sociedad existe en sus miembros o no existe en absoluto.

       Una historia de vida es una práctica de vida, una praxis de vida en la que las relaciones sociales del mundo en que esa praxis se da son internalizadas y personalizadas, hechas idiografía. Esto es lo que justifica poder leer o descubrir toda una sociedad en una historia de vida. En términos de Ferrarotti, “todo acto individual es una totalización de un sistema social... El acto es como una síntesis activa de un sistema social, la historia individual es como la historia social totalizada por una praxis: estas dos proposiciones implican un camino heurístico que ve lo universal a través de lo singular, que busca lo objetivo sobre lo subjetivo, que descubre lo general a través de lo particular” (1981:45,47).

       Daniel Bertaux. Según Bertaux (1993), las historias o los relatos de vida son tomados como fuente de datos y utilizados para encontrar en ellos lo que se busca más allá de ellos. El proceso está en vivo en aquellos que lo han vivido, en el transcurso de la historia que han vivido y en el proceso tal como lo vivieron. Habrá que buscarlo en su vida, en su historia de vida. Pero no en toda ella sino en ese tiempo que corresponde al proceso mismo. Bertaux se servirá, por tanto, de relatos de vida más que de historias de vida.

       En cualquiera de estos casos, la historia de vida es utilizada ya sea como técnica, como instrumento para otra cosa o, es su uso en Bertaux, como el método de acceso a la realidad social. En cualquier caso, se reduce a la función de auxiliar.

       Bertaux, mediante el concepto e instrumento denominado por él “saturación” (1993), un tema se considera completo en cuanto a los datos que lo constituyen cuando un nuevo relato de vida no añade nada distinto a lo que aportaron los relatos precedentes. Así, pues, los relatos se han de multiplicar hasta que ya no surjan novedades y no añadan nada a lo logrado hasta el ahora. En ese momento, se considera que el tema está razonablemente “saturado”.

       A mi modo de ver (MMM), tanto a Oscar Lewis como a Ferrarotti y a Bertaux, en su argumentación para justificar sus razones y procedimientos, les faltó cierta información epistemológica, metodológica o pedagógica que en los años de sus publicaciones eran ya conocidas desde la década de los años 40: lo relacionado con el “conocimiento tácito”, que ya había ilustrado magistralmente Michael Polanyi, precisamente profesor de la misma Universidad de Chicago. Polanyi, en diferentes obras (1946,1962,1966,1969), y como filósofo y científico, y profundo conocedor de los procesos mentales y neuropsíquicos, aclara muy bien el problema. Veamos sencillamente, a título de ejemplo, la presente cita:

   ...no podemos comprender el todo sin ver sus partes, pero pode­mos ver las partes sin com­pren­der el todo... Cuando com­prendemos como parte de un todo a una deter­minada serie de elementos, el foco de nuestra atención pasa de los deta­lles hasta ahora no com­prendidos a la com­pren­sión de su signifi­cado con­jun­to. Este pasa­je de la aten­ción no nos hace perder de vista los deta­lles, pues­to que sólo se puede ver un todo viendo sus par­tes, pero cambia por completo la mane­ra como apre­hen­demos los detalles. Ahora los aprehende­mos en fun­ción del todo en que hemos fijado nuestra aten­ción. Lla­maré a esto aprehensión subsi­diaria de los deta­lles, por oposición a la apre­hensión focal que emplearíamos para aten­der a los deta­lles en sí, no como partes del todo (1966: 22-23).

Polanyi usa frecuentemente el caso de la fisonomía humana para ejemplificar en forma técnica, pero al mismo tiempo sencilla, lo que es esa “unitas multiplex” del “conocimiento tácito”. Para una visión más amplia del mismo, invitamos al lector a revisar nuestro artículo sobre ese tema (Martínez, 2011, en prensa).

Una ilustración detallada y práctica del mismo, aplicada a las “historias-de-vida” (así, con guiones, como le gusta a Moreno, para indicar la unión), la tenemos en los esfuerzos titánicos y pedagógicos que hace Alejandro Moreno en la parte que sigue. Los siete primeros párrafos están tomados, salvo pequeños cambios, del capítulo de su autoría (titulado “Historias-de-Vida” e Investigación) en nuestra obra (2006: 202-228).

 

       3. La Metódica de las Historias-de-Vida en Alejandro Moreno

       Centrarse en la historia-de-vida (como en el qué de la investigación y no como en un instrumento de ningún tipo para otra cosa, es la posición más actual al respecto. Esta es la manera mejor para aprovechar toda su potencialidad heurística.

       No quiere ello decir que los otros usos sean científicamente “ilícitos” sino que se quedan cortos y reducen a segundo plano lo que debe y puede ocupar el primero.

       Sin embargo, la cosa es un poco más compleja de lo que el mismo Ferrarotti parece indicar. En mucho depende de qué es lo que se busca en la historia-de-vida o con la historia-de-vida. En la mayoría de los casos se han buscado y se buscan datos, esto es, hechos comprobables, objetivos, sea este término entendido en sentido fuerte o en sentido débil.

       Si, en vez de centrarse en los datos, la investigación se centra en la historia-misma-de-vida sin buscar nada distinto de lo que ella comunica sino el sentido que en ella está presente y que pone las condiciones de posibilidad para que sea la que es y no otra, el investigador se encontrará de frente con los “significados” que construyen esa vida y esa historia. Si en vez de centrarse en los datos, se centra en los significados, esto es, en esos complejos culturales que, a partir de las prácticas de vida comunes a un grupo humano determinado (comunidad o sociedad) y participadas por todos sus miembros, se constituyen como integraciones de esas mismas prácticas, de experiencias, valores y representaciones sociales idiosincrásicas del grupo y por lo mismo generales (nomotéticas) en todos y cada uno de dichos miembros, bastará una sola historia pues en cada persona está la cultura y cada persona está en su cultura. Como ha dicho Edgar Morin: “Se trata no tanto de un determinismo sociológico exterior, sino de una estructuración interna. La cultura, y, por el camino de la cultura, la sociedad, están en el interior del conocimiento humano; el conocimiento está en la cultura y la cultura está en el conocimiento. Un acto cognitivo individual es ipso facto un fenómeno cultural, y todo elemento del complejo cultural colectivo puede actualizarse en un acto cognitivo individual” (2000: 78).

       La persona que narra su historia tiene control sobre muchos de los datos de esa historia, esto es, al disponerse a narrarlos, tiene conciencia de ellos y por lo mismo controla si los va a narrar o no y cómo los va a narrar. Sobre otros no lo tiene, ya sea porque los ha olvidado, ya sea porque “se le salen” sin querer, ya sea porque están distorsionados en su memoria, pero sobre los significados no tiene ningún control pues están presentes en toda su vida y en toda su forma de narrarla: en el lenguaje, en la organización, en el ritmo de la narración, en la veracidad tanto como en la falsedad consciente o inconsciente de lo narrado, etc., etc. La persona no posee los significados sino que es poseída por ellos. En este sentido, Ferrarotti tiene razón cuando afirma que la sociedad está en cada persona; sólo se trata, por parte del investigador, de descubrirla.

       Lo importante en esto es que en la historia-de-vida de una persona se conoce toda una sociedad no tanto en sus datos, que pueden conocerse de múltiples maneras, sino en las estructuras profundas que constituyen su sentido. Para esto, no hay mejor vía que la “historia-de-vida”. La “historia-de-vida” se convierte, así, en todo un enfoque epistemológico para el estudio de las realidades sociales. No solamente en un método propio sino en toda una manera autónoma de investigar, con sus propios fundamentos teóricos y sus propios modos de conducir la producción del conocimiento.

       Una historia-de-vida no comienza. Este tiempo, que está caracterizado por la in-vivencia (el vivir integral dentro) del investigador en dicho mundo-de-vida en con-vivencia con el historiador y los convivientes de ese mundo, cumple funciones indispensables: y la primera es que historiador y cohistoriador se fusionen, por pertenencia, en un horizonte hermenéutico compartido en cuyos marcos se produce la historia-de-vida y va a ser comprendida-interpretada.

       Hasta aquí, las ideas de Alejandro Moreno. Es una síntesis maravillosa, que coincide plenamente con lo que señala también otro gran autor, Merleau-Ponty, al hablar de la estructura mental que se forma, o debiera siempre formarse, en nuestra mente, al conocer una realidad compleja: “Las estructuras no pueden ser definidas en términos de realidad exterior, sino en térmi­nos de conocimiento, ya que son objetos de la per­cepción y no realidades físicas; por eso, las estructuras no pueden ser definidas como cosas del mundo físico, sino como conjuntos percibidos y, esencialmente, consisten en una red de relacio­nes percibidas que, más que conocida, es vivida por el sujeto” (1976: 204, 243).

       La historia de la ciencia, y del pensamiento occidental en general, nos muestra que, de vez en cuando, se presentan pensadores que rompen totalmente los esquemas tradicionales de nuestro modo de pensar y razonar, de nuestra lógica habitual e, incluso, de nuestra racionalidad.

       Así sucedió cuando Copérnico vio toda la información astronómica disponible en su época, no desde la óptica geocéntrica de Ptolomeo, sino desde la heliocéntrica que habían tenido la Escuela Pitagórica, Filolao, Aristarco de Samos y otros griegos, considerada durante mil quinientos años como “falsa e increíblemente ridícula”. Así le sucedió, igualmente, a Darwin cuando vio que los innumerables datos, huellas y relaciones, que había recogido, prácticamente, durante la mayor parte de su vida, constituían una secuencia evolutiva. Así le sucedió a Einstein, cuando relacionó la información que, según él, estaba disponible desde hacía cincuenta años, en una nueva red de relaciones. Y, en general, esta misma vivencia tuvieron Lavoisier en la química, Pasteur en la biología, Max Planck en la física, Freud en la psicología y otros revolucionarios epistemólogos en otras ciencias o especialidades.

       Pero pudiéramos hacer una lista mucho más larga de cerebros eminentes que no fueron tan afortunados, sino que sus geniales ideas fueron sepultadas con ellos. Como dijo Saint-Exupèry, “¡cuántos Mozart son asesinados antes de nacer!, ¡cuántos pensamientos no formulados, ideas masacradas y obras inéditas se han quedado perdidos a lo largo de la historia humana!”. La  inercia mental, los hábitos intelectuales y sus rutinas, por un lado, y, por el otro, los intereses creados, han retardado sistemáticamente la aceptación de muchas ideas excepcionales a lo largo de la historia.

       En contra de este modo de proceder, Moreno señala: “no seguimos un método determinado porque no existen reglas de procedimiento para conocer (por ejemplo) la historia de Felicia. Seguimos más bien lo que hemos llamado metódica, esto es, una posición abierta a toda posibilidad de método e instrumento según la historia misma va sugiriendo” (1998: 16).

       Según esta línea de pensamiento, él puntualiza las limitaciones que han tenido los autores anteriores que han trabajado las historias de vida, ya que se han limitado a “editarlas” al modo de una biografía, a cuidar la coherencia interna, a suprimir repeticiones y a rellenar vacíos recurriendo a otros materiales. Así, Thomas y Znaniecki –dice– dieron importancia a los materiales secundarios; Oscar Lewis cruza distintas historias –Los hijos de Sánchez, La vida– de una misma familia, pero no las interpreta, sino que elabora lo que denomina la “cultura de la pobreza”, pues él “es un observador y no un co-viviente”; Catani se sirve de la historia para ilustrar un determinado proceso social, y Bertaux multiplica las historias hasta que los datos se repiten sin aportar novedad (“saturación” informativa, que equivale a “representatividad”). En general, para estos autores, las historias serían, más bien, “historias-testimonio de un modo de vida”. “Nosotros, en cambio, comentamos la historia porque nos interesa comprender y mostrar el sentido que la constituye, esto es, su propia identidad… No nos servimos de la historia para otro fin sino que en ella nos centramos” (1998: 17). Y, más adelante, precisa que: “nosotros estamos convencidos de que el conocimiento del mundo-de-vida popular constituye, desde su punto de partida, una ciencia total y autónoma” (ibídem, p.29). Esto implica lo que Ferrarotti ha llamado “una apuesta epistemológica”, es decir, un cambio en las reglas básicas de nuestra racionalidad.

       A lo largo de la obra sobre Felicia, y de una manera especial en la Introducción y en el Cierre, se dice repetidamente que la captación del verdadero sentido y significado de las historias-de-vida, requiere y exige, sin alternativa posible, la vivencia de esas realidades desde dentro. Esto pide, como prerrequisito y dicho en otras palabras (mías: MMM), una iniciación espiritual, como se hace en las comunidades de tipo religioso, o un noviciado en este tipo de vida, vida popular, el convivir durante cierto tiempo con el grupo estudiado y que no sea sólo un estudio desde fuera, aunque éste sea algo más que un “turismo académico” que utiliza sólo un grupo de encuestas.

       En todos estos casos, nuestra mente capta una realidad que es “más que la suma de sus partes”, una realidad profunda, escondida y emergente, pues, según Kant (1973), sólo Dios conoce el misterioso secreto que implica y los extraordinarios poderes que yacen latentes en la mente humana, ya que ese proceso está tan escondido en el alma humana que muy difícilmente podemos imaginar el secreto que emplea aquí la Naturaleza. Este mismo sentimiento debe haber tenido Platón cuando dijo: “Si encuentro a alguien que sea capaz de ver la realidad en su diversidad y, al mismo tiempo, en su unidad, ése es el hombre al que yo busco como a un dios”, que no sabemos si alguna vez lo encontró. Con esta afirmación, Platón está valorando aquí altamente el uso alternativo y continuo entre “dos niveles de nuestro conocimiento”, el de la disciplinariedad y el de la trans-disciplinariedad.

      La enorme dificultad de este proceso nos la refiere el mismo Einstein cuando, en cierta ocasión, dijo que los científicos son como los detectives que se afanan por seguir la pista de un misterio; pero que los científicos creativos deben cometer su propio “delito” y también llevar a cabo la in­vestigación. Einstein, como otros científicos eminentes, sabía esto por propia experiencia. Primero habían cometido el “delito” de pensar y creer en algo que iba en contra del pensamiento “normal” y corriente de los intelectuales y de lo aceptado por la comunidad científica, algo que desafiaba las normas de un proceder “racional” e incluso la misma lógica consagrada por el uso de siglos, algo que solamente se apoyaba en su intui­ción. Este “delito” sería perdonado o redimido únicamen­te haciendo ver a los propios colegas que el fruto de esa intui­ción (de esa visión intelectual) fue correcto. Pero esto exige dos cosas igualmente difíciles ante las cuales han fracasado muchos genios creadores: pri­mero, descomponer el conteni­do de la intuición en partes o pasos más simples y comprensibles y, segundo, traducirlo a un lenguaje más clásico y que diga “algo” a quienes perma­necen todavía en “otro mundo”.

       No obstante todo lo dicho, analizando detenidamente la historia-de-vida de Felicia y la hermenéutica que realiza el grupo co-investigador a continuación de cada sector o fragmento expuesto por Felicia, se puede detectar y percibir la aplicación, quizá inconsciente, pero bastante sistemática, de los cánones lingüísticos y psicológicos de Schleiermacher como, igualmente, de los cánones generales de la técnica hermenéutica de Ratnitzky, de los cánones de “una ciencia social interpretativa” de Kokelmans, y, sobre todo, la modalidad del círculo hermenéutico de Dilthey (ver estos cánones en Martínez M., 1996, cap. 7; o en la obra 2006, cap. 5). En efecto, todos estos cánones o reglas se centran, si los consideramos en su esencia, en la regla de oro de la interpretación, que es el círculo hermenéutico: considerar cada dicho o hecho en el contexto específico que le da un sentido o un significado particular; pues, la mente humana salta espontáneamente del todo (contexto) a las partes y de éstas a aquél, buscando captar la red de relaciones que forman un todo comprensible y significante.

       ¿Qué son, entonces, las marcas-guías propuestas por el grupo investigador?  Esta expresión –dice Moreno– tiene la fijeza de la palabra “marca” y la dinámica de la palabra “guía”. Y es precisada de la siguiente manera: “las marcas-guías… son señales de posibles significados organizadores que, a lo largo de toda la historia, pueden convertirse en claves de comprensión del sentido disperso en ella y del núcleo frontal generante de todo el sentido y el significado” (1998: 23). De esta manera, varias marcas-guías entrelazadas pueden dar origen a uno o varios sistemas de comprensión-interpretación, que permanecen, sin embargo, siempre abiertos a otros posibles sistemas.

       Como un referente, en parte, similar a la marca-guía, pudiéramos pensar (MMM) en la precisión que algunos autores destacados de la psicología humanista han realizado al respecto. Así, Gordon Allport, en su obra máxima (La personalidad: su configuración y desarrollo, 1966, cap. xii; obra número uno en psicología), al hablar de la madurez del ser humano en general, y después de tratar todo lo que al respecto han investigado muchos autores que le precedieron, señala seis rasgos distintivos de las personas maduras: extensión del sentido de sí mismo, cálida relación emocional con otras personas, seguridad emocional (aceptación de sí mismo), percepción realística, auto-objetivación (conocimiento de sí mismo y sentido del humor) y filosofía unificadora de la vida. Igualmente, Abraham Maslow, considerado como el padre de la Psicología Humanista, en su obra Motivación y Personalidad (1975), dedica todo un capítulo (el 12) a describir los 15 rasgos que, según él, distinguen a las “personas auto-realizadas”. En muchos coincide con Allport, tanto en el término como en la descripción y análisis del contenido; en otros, es más completo, como, por ejemplo, al señalar el “sentimiento de fraternidad universal” y la tendencia o impulso hacia “la creatividad”.

       Evidentemente, estos autores están hablando de lo que pudiéramos llamar “rasgos universales” del ser humano maduro o auto-realizado. Las marcas-guía de las historias-de-vida se refieren únicamente a un grupo humano específico a que pertenece la persona estudiada, que puede diferir mucho o poco de otros grupos humanos posibles, incluso, en la misma región o país. Por ello, es sumamente útil para conocer a ese grupo social o comunidad.

       En el Cierre de la obra sobre la historia-de-vida de Felicia, Moreno y sus co-investigadores exponen y describen las diecinueve marcas-guías que constituyen el horizonte hermenéutico en el cual se hacen comprensibles los múltiples aspectos del mundo-de-vida popular que se ha revelado en esa historia-de-vida: sentido de las instituciones, función de la madre, del padre, religiosidad, etc. Estas marcas-guías son, sin duda alguna, el mayor y más valioso aporte al conocimiento y a la ciencia que nos ofrece esta investigación. Son también, de por sí, tópicos de posibles comparaciones y contrastaciones con los resultados de otras investigaciones emprendidas desde otros ángulos conceptuales, enfoques y metodologías diferentes.

 

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[*]  Miguel Martínez Miguélez es Profesor Titular (Jubilado) en la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y responsable de la línea de investigación Epistemología y Metodología Cualitativa. Entre sus obras figuran El Paradigma Emergente, Ciencia y Arte en la Metodología Cualitativa y Nuevos Paradigmas en la Investigación.