NOSTALGIA Y HERIDA:
El rumor de la poesía de Daniuska

Me decido por una conversación, Daniuska.

No quiero hacer una exégesis de su labor poética. La verdad es que a la poesía no le visten bien las categorías férreas y los engomados calificativos. Va sola. Va triste por los recovecos del mundo. Y no es fácil acertar en la captura de las energías vitales que se cuelan en el poema.

La poesía dice más de lo que dice. Aunque no siempre lo dice todo de una forma explícita. Y cuando se cree que ya lo dijo todo surge el inconveniente de que el todo se ha ensanchado. Qué vaina.

Las iniciales del tiempo, su último poemario, me entristeció. Porque es nostálgico y puede palparse sin dificultad que su creadora carga una herida (o varias heridas) en su espalda. Pero que me entristezca no es sinónimo de fúnebre. Es triste siempre la evocación. Porque la vida de cada ser humano transcurre de un modo unidireccional y en presente. En sentido estricto tenemos un pasado vivido en lo personal. Y emergemos de eso al presente. No al revés. En términos fácticos y contundentes: no podemos regresar. Y ahí está la hendidura que la poesía aprovecha. Que usted aprovecha y se recuerda y se aferra ahora a cosas que fueron antes. ¡Es una maravilla retornar de este modo!

En usted, Daniuska, la nostalgia que la abrasa es carpa y no fuga. No retorna a los recodos queridos para exorcizarse. Es más tierno su afán: quiere tenerlos cerca, porque su abrazo la fortalece. Proteínas de la poesía. Lo que los expertos clínicos llamarían «mal de patria». Y los duros de corazón espetarían como ¡romanticismo incurable». Pero no, andan perdidos. La nostalgia es un territorio de insospechadas sorpresas. Porque usted sale buscando unas cosas y encuentra otras. O insiste en retornar de un modo, pero de hecho lo hace de otro. Las cosas cambian de puesto. Los nombres. Hasta los recuerdos se ven modificados. El recuerdo que se expresa en el poema no es el mismo que se vivió. Y esto es contradictorio. Sí. Pero no importa, porque la poesía no juega a la lógica, y si no que le pregunten a Lezama Lima.

En el poema "Vigilia" lo nostálgico baña el recuerdo de su padre. Él ha ido, pero se ha quedado. Y su técnica del desplazarse es prodigiosa: «Mi padre ha recorrido en una noche lo que a otros persigue la vida».

En lo sombrío también nace la luz. La filosofía, hermana gemela de la poesía desde siempre, casi no tiene mejor escenario que el cuadro de las dificultades. Y la poesía, igual. No se hace poesía (buena poesía, claro) sin zambullirse en las profundidades. Y de esa factura es su poema "Cumpleaños", donde los espejos no están rotos y exuda el tiempo sonámbulo un fluido navegable.

En realidad, Daniuska, este poemario suyo es la concreción de la herida a través de la nostalgia. No es el país simple y geográfico el que se anhela, sino la tierra de fragua donde hubo fuego y esquinas memorables. Territorio personal por el que nunca se termina de andar.

Pero también hay dolorosa (amarga quizá) constatación, al poner los pies sobre la tierra que fue, de que el-tiempo-el-implacable se ha enseñoreado de su Habana, de sus recuerdos y hasta del futuro posible: «La túnica que debí vestir fue cambiada por bluyines / Soy el Malecón de una ciudad devastada, / el secreto puerto de una patria de rímel y envejecidas consignas».

La poesía no sirve para descerrajar improperios volátiles e ideológicos. Se pudre cuando lo intenta. Pero no puede eludir las coordenadas que configuran la vida humana. ¡Tiene que habérselas con el pesado fardo de las gigantescas momias, y el sol calcinante, y la clara mañana y la lágrima sorda que rueda plácida desde un arroyo de Los Teques!

Su Ítaca ataca cada vez que usted atraca en La Habana. Porque puede volver y abrazar. Y sus poemas testimonian cómo lo hace, con qué ilusión. Y por eso recrimina en "De profundis": «La que se pierde tras esos barcos». Porque se va, aunque podría estar. Y mejor embolsa sus recuerdos con chonga y papel multicolor y se los lleva. Allí, en La Habana, quisiera estar, pero no está: la herida alimentando opíparamente la nostalgia.

Bueno, Daniuska, hasta aquí estas breves palabras sobre su poemario que bienvenido sea al bregar insomne.

Reciba como siempre un abrazo fraternal.

Jaime Barba (*)


(*) Considerado como uno de los principales ensayistas centroamericanos, Jaime Barba, quien también escribe narrativa, dirige Istmo Editores, en San Salvador.


Las Iniciales del Tiempo

Las iniciales del tiempo es la historia de una casa que mira al mar e intuye, luego de esas aguas, otro discurrir. Angustia existencial y exiguo recodo de esperanza componen este poemario del cual, después de asegurar "me gustó mucho", Roberto Bolaño sentenció: "contenido y denso, dos ingredientes difíciles de juntar". Tiene razón el escritor chileno, hay un perceptible elemento de contención y densidad en esas aguas cuyo origen es un muro, resquebrajado e inamovible. Pero la densidad, y su contenido intangible y decididamente demoledor, está también en el tiempo, ése que no es proceso, sino una inicial. Congelado en su origen, el tiempo, cuya tendencia es lo yerto, también expresa el concepto insular de retención, de la resaca y el estuario. La libertad está apenas -pero está- en "las apetencias imaginarias", justamente, el aludido y sombreado recodo de la esperanza.


Alfredo Saínz Blanco

Texto para la contraportada del poemario Las iniciales del tiempo,

Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2004


 
 

Las iniciales del tiempo