Discurso a los Graduandos
Universidad Simón Bolívar, 27 de enero 2005

 

Señor Rector, Vicerrector, Secretario, directores, decanos.
Colegas profesores, trabajadores, estudiantes, invitados especiales,
Padres, familiares y amigos,
Queridos graduandos:

 

Hace una semana celebrábamos el 35º aniversario del inicio de actividades académicas en la Universidad Simón Bolívar. Afloraban a nuestra memoria las impresiones de cómo habíamos conocido esta Casa de Estudios en 1970, en este valle en ese momento sembrado de flores, lleno de barro, y con muy pocas construcciones. Que yo recuerde, apenas una casa colonial, un par de galpones que pretenciosamente llamábamos pabellones –así los seguimos llamando– y un edificio en estado ya bastante avanzado de construcción, el Edificio Ciclo Básico I.

Como muchos otros jóvenes a lo largo de los últimos 35 años, y como seguramente ustedes también hicieron en su momento, me acerqué por primera vez a esta Universidad cuando cursaba el último año de bachillerato. Hoy las preinscripciones las hacemos en este mismo complejo de auditorios, pero en ese entonces el complejo de auditorios no existía, ni siquiera en planos. Como ya dije, en este valle apenas si había edificaciones. Estaban los pabellones y enfrente de ellos, al lado de la Casa Rectoral, me parece, había un descampado donde jugábamos béisbol. Este preciso lugar estaba sembrado de rosas. Si mal no recuerdo la preinscripción la hicimos en las oficinas administrativas de la Universidad, que estaban ubicadas en El Placer, encima de la Panadería.

Unas semanas más tarde entré por primera vez a un aula del Pabellón 1 para tomar el examen de admisión, y en septiembre de 1970 volví a Sartenejas para recibir mi primera clase junto a quienes serían mis compañeros de la segunda cohorte de estudiantes de la USB. Estoy seguro que salvando las diferencias mis recuerdos no son muy distintos a los de ustedes, que hoy se gradúan.

Esos primeros minutos de estudiante en esta novísima Universidad me parecieron eternos. El profesor daba vueltas de un lado a otro del salón frente a la treintena de alumnos de la Sección 23, y no lograba arrancar con su clase de Matemáticas I. Después de un buen rato respiró profundo y nos dijo: Non parlo Spagnolo, ma non importa perché la lingua della matematica è una lingua universale! Y empezó a escribir teoremas y ecuaciones en la pizarra. Después vino el primer examen y recuerdo los lamentos de una de mis compañeras, que le reclamaba al profesor por qué, si todas sus respuestas habían sido idénticas a las del nuestro brillante compañero de curso, Benjamín Sagalovski, él había obtenido 5 en el examen y ella 1. Effettivamente per quel motivo, signorina, dijo el profesor.

Desde el primer momento entendimos que la calidad académica era el norte de esta institución y que aquí se valoraría la excelencia. Al poco tiempo, aun antes de que saliera el primer egresado de esta Universidad, decir que uno era estudiante de la Simón Bolívar servía para ganar el respeto de cualquier compatriota.

No había datos para justificar en ese momento esas apreciaciones, pero como nos lo ha venido señalando nuestro experto en estadística matemática y Vicerrector académico el Dr. Palacios, son varios los indicadores que hoy en día muestran quiénes somos. Nuestro cuerpo profesoral, por ejemplo, cuenta con mayor proporción de doctores que cualquier otra universidad del país, triplicando el promedio nacional. Con 5% del presupuesto asignado al sector universitario, generamos el 15% del conocimiento que se produce en el país, de acuerdo a registros en los índices internacionales. Y en lo que se refiere a la tecnología, de acuerdo a cifras del Fundación Venezolana para la Promoción del Investigador, en esta Universidad concentramos, en términos absolutos, el mayor número de investigadores en ingeniería. Contamos también con mayor proporción de profesionales entre nuestro personal administrativo que ninguna otra Universidad venezolana.

Pero no son pocas las carencias que nos limitan y son muchos los aspectos que tenemos que atender para alcanzar los cada vez más altos estándares de las mejores universidades del mundo. Algunos de los problemas que nos preocupan son generales para toda la educación venezolana, otros son de índole particular y deberemos atenderlos todos para mantener el propósito de transitar la ruta que nos conduzca a los niveles cada vez mayores de excelencia que el desarrollo nos reclama. Entre ellos está el de encontrar los medios que permitan ofrecer más y mejores oportunidades para todos, sin exclusiones dictadas por el origen, el color de la piel, el género, la condición económica, la preferencia sexual, el credo o la ideología.

La Universidad reafirma sus compromisos con hechos. Entre hoy y mañana estarán egresando más de doscientos nuevos graduados de nuestros programas de pre y post grado, para formar legión con los ya más de veinte mil que a lo largo de 35 años han salido de esta institución a entregar su trabajo y esfuerzo a la perenne construcción de esta nación y la humanidad. Porque valoramos perseguir la excelencia y porque corresponde honrar a quien honor merece, no puedo dejar de mencionar en este momento que de los 94 que hoy reciben su título, 12 se gradúan con la mención cum laude y 2 con la máxima mención summa cum laude. ¡Felicitaciones a todos!

 

Así como recordamos como buenos y felices los 35 años de esta casa de estudios, no podemos dejar de recordar que hoy se cumplen exactamente 60 años de la liberación, el 27 de enero de 1945, del Campo de Concentración de Auschwitz. Como leímos recientemente en un artículo de Manuel Reyes Mate, profesor del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, y quien estará ofreciendo una conferencia esta noche aquí en Caracas, debemos recordar esos hechos no sólo por lo que significa el exterminio de millones de personas en los campos de concentración nazis, sino porque la solución final que diseñaron fue un proyecto de olvido. “Ahí se ve cómo el olvido no es un fenómeno natural, ni mecánico”, nos dice Reyes Mate, “sino el resultado de una estrategia consciente. El nazi no quería sólo matar al judío, quería también expulsarle de la condición humana y borrarle de la historia de la civilización. Por eso aquella organización industrial de la muerte no tenía que dejar rastro. Los cuerpos debían ser convertidos en cenizas y así, sin rastro visible, se podría lograr su desaparición de la memoria de la humanidad”.

Si guardáramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas de los campos de concentración tendríamos que permanecer callados más una década.

Millones perecieron y sólo unos pocos miles sobrevivieron cuando los rusos liberaron Auschwitz el 27 de enero de 1945. Entre ellos estaba Primo Levi, un celebrado escritor italiano, químico, autor entre otras obras de un libro que lleva como título “La Tabla Periódica”. A pesar de su título, no hace falta ser uno de los 7 que hoy se gradúan de licenciados en Química para leerlo. En cada uno de los 21 capítulos de ese magnífico libro, Levi toma algún elemento de la tabla periódica como punto de partida para ilustrar la condición humana. El capítulo que el dedica al oro lo ubica junto a algunos amigos en Milán a finales de 1942, entre bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Dice Primo Levi:

“Fantaseaba sobre escribir la saga de un átomo de carbono, para que la gente pudiera entender la poesía solemne, conocida sólo por los químicos, de la fotosíntesis y la clorofila: y de hecho la llegué a escribir, pero muchos años más tarde, y es la historia con la que termina este libro. Si no me equivoco todos nosotros estábamos escribiendo poesía, excepto Ettore [uno de sus amigos], que dijo que eso era indigno para un ingeniero. Escribir poemas tristes y crepusculares, para nada hermosos, mientras el mundo estaba en llamas, no nos parecía extraño ni vergonzoso: nos proclamábamos enemigos del fascismo, pero en realidad el fascismo había actuado sobre nosotros, como sobre casi todos los italianos, volviéndonos superficiales, pasivos y cínicos”.

Primo Levi fue capturado por los alemanes y enviado a Auschwitz en 1944. Qué mayor cinismo que la inscripción que encontró a la entrada del campo de concentración de Auschwitz, “Arbeit macht frei”, el trabajo libera. Pasó 10 meses en el campo de concentración hasta su liberación por el ejército soviético hace hoy 60 años. Murió en Turín en 1987 tras precipitarse de un balcón del mismo edificio donde había nacido en 1919.

“En definitiva, el único poder al que el hombre puede aspirar es al que él ejerce sobre sí mismo”. Esto ha sido dicho por Elie Wiesel, otro sobreviviente de Auschwitz, nacido en Transilvania, hoy parte de Rumania. Tenía quince años cuando junto a su familia fue deportado por los nazis a Auschwitz. Fue transportado más tarde a Buchenwald, otro campo de concentración, del que fue liberado en abril de 1945. Después de la segunda guerra mundial estudió en París y dedicó su vida a defender la causa de grupos perseguidos, en muchas partes del mundo. Es profesor de Filosofía en la Universidad de Boston y recibió en 1986 el premio Nobel de la Paz.

“Algunas veces tenemos que interferir”, dice Wiesel. “Cuando las vidas están en peligro, cuando la dignidad humana está amenazada, ni las fronteras nacionales y ni la compasión distante importan. Cuando los hombres o las mujeres son perseguidos por su raza, religión u opinión política, ese lugar –en ese momento– se convierte en el centro del universo”.

La experiencia de Auschwitz sin duda marcó la vida de todos los que sobrevivieron, pero también la de todos nosotros, que a través de la memoria de los que sobrevivieron la conocemos. Imre Kertész es otro de esos sobrevivientes. Como declaró la Academia Sueca al conferirle el Premio Nobel de Literatura en 2002 “por escritos que sostienen la experiencia frágil del individuo contra la arbitrariedad bárbara de la historia”: “Para él Auschwitz no es un incidente remoto que como un cuerpo extraño subsiste fuera de la historia normal de Europa Occidental, es la verdad extrema de la degradación humana en la realidad moderna”.

Por eso recordamos todo esto que pasó hace 60 años. Porque tal como dice Primo Levi “quienes niegan a Auschwitz son los primeros que están listos para repetirlo”. Y quienes lo olvidan también, nos atrevemos a agregar.

 

Pero volviendo ahora a lo que nos ocupa hoy, imaginemos un poco los recuerdos de ustedes, me refiero a los recuerdos que ustedes tendrán en el futuro, dentro de algunos años. Recordarán a sus familiares que tanto los han apoyado para llegar hasta donde están ahora, de eso estoy seguro. Recordarán a la USB, sus vivencias, sus amigos. ¿Recordarán todo lo aprendido? Algo seguramente sí, pero pronto se darán cuenta (al menos eso es lo que esperamos) que lo que aquí aprendieron es muy poco, y que lo que queda por aprender es muchísimo más de lo aprendido, ¡malas noticias!

Me pregunto si recordarán nuestras contradicciones y conflictos, las tensiones del momento actual, sus causas y sus consecuencias; que la diversidad es fundamental para sustentar la vida en el planeta y que es un componente esencial de la evolución y el progreso; que vivir en un mundo diverso requiere reconocer al otro, a ese que vive otra circunstancia o piensa o se comporta de otra manera.

Y como de lo que estamos hablando es del recuerdo y del olvido, recuerden por favor que por muy diversas razones son muchos los que no han podido llegar hasta donde ustedes han tenido la oportunidad de llegar, y que tal vez ustedes puedan ayudarlos a alcanzar sus metas. Recuerden también eso que hubieran querido aprender o asimilar aquí en su Alma Mater, pero que la institución no fue capaz de ofrecerles: con este acto pasan de estudiantes a egresados, pero no dejan de pertenecer a esta comunidad académica. Siguen siendo parte esencial de esta Universidad: Ustedes son quienes mejor podrán decirnos en qué dirección deberemos movernos para progresar. Pueden afiliarse a la Asociación de Egresados si lo desean, ese es un valioso instrumento para el vínculo. No se olviden, no lo olviden, mantengan el contacto, estén donde estén.

 

Muchas gracias.