Boletín AsoVAC (Caracas), 33, 6-10 (1996)

VENEZUELA EN EL 2020: CIENCIA Y TECNOLOGÍA [1]

Benjamín Scharifker

Departamento de Química, Universidad Simón Bolívar
Apartado 89000, Caracas 1080-A.
Tel: +(58 2) 906 3980. E-mail: benjamin@usb.ve

Aún más que en 1996, Venezuela sigue disfrutando de inmensas reservas de petróleo en 2020, gracias al desarrollo de mejores y más eficientes tecnologías de exploración y perforación. Pero en contraste con veinticinco años atrás, el consumo de energía fósil en el mundo va en franca disminución. La lluvia ácida dejó de ser un problema hace más de una década, originando grandes excedentes de azufre, acrecentados más todavía por la poca demanda de ácido sulfúrico por parte de las economías post-industriales del primer mundo. Dos siglos de actividad industrial acumularon grandes cantidades de CO2 en la atmósfera, pero esto ya está dejando de ser un problema global, dado que la OECD, ahora mucho más numerosa luego de la entrada de la mayoría de los países del sudeste asiático a este otrora exclusivo club, demanda cada vez menos carbón, petróleo y gas, obteniendo buena parte de su energía bien sea de fisión nuclear o hidroeléctricamente. Después de varios lustros de procrastinación, finalmente California y la Unión Europea suavizaron sus leyes "cero emisión", permitiendo que los vehículos automotores emitieran vapor de agua, lo cual disminuyó considerablemente el mercado para los automóviles eléctricos y brindó un nuevo aire a los motores de combustión interna, esta vez impulsados por hidrógeno en lugar de gasolina. Brasil, otro miembro reciente de la OECD, mantiene una fuerte base industrial, obteniendo la totalidad de su energía de la biosfera con la misma tecnología que desarrolló hace más de cincuenta años, la transformación del azúcar de caña en alcohol, actividad con la que continúa penetrando la selva y generando empleo e ingresos, si no una mejor calidad de vida, a su todavía creciente población.

Venezuela, con sus enormes reservas y a pesar de las mermadas necesidades de los países del primer mundo, mantiene una alta capacidad de producción de petróleo. Con precios todavía atractivos, continúa proveyendo energía a países de América Central (entre ellos Costa Rica; Lusinchi todavía se comunica desde allá con sus compatriotas, si bien ya no por fax sino por Internet) y África.

La importancia de la petroquímica está creciendo. Aún cuando la población del mundo ha dejado de aumentar a la tasa con la que solía hacerlo a finales de siglo, la demanda global de alimentos va todavía en ascenso, sobre todo por la presión de los países meridionales de África y sur de Asia, incluida la India. Estos países dependen de sus propios recursos de biomasa para cubrir buena parte de su demanda de energía, por lo que muestran poco interés por la oferta venezolana de combustibles, pero dado que en esas regiones de mucha población y escaso territorio la agricultura sustentable no es todavía una opción, resultan ser buenos clientes de fertilizantes. Los países post-industriales del norte requieren de materiales poliméricos y cerámicos, no solamente para la fabricación de piezas y estructuras, sino para desplazar a los cada vez más costosos y escasos metales en la transmisión de información y energía eléctrica. La burocracia venezolana de finales de siglo, y finalmente la misma sociedad venezolana, supo aprovechar estas viejas y nuevas oportunidades y enfrentar esta nueva realidad. A través de un traumático proceso de transformación de la economía, que por la misma necesidad de hacerla competitiva estuvo acompañado de un aumento significativo de la capacidad de implantar soluciones, comenzaron a desvanecerse los años de autocomplacencia y desdén. Estos terminaron brusca y definitivamente con el surgimiento de impuestos a la producción de CO2 en EUA, Japón y Europa, que afectaron profundamente al negocio de los hidrocarburos y eliminaron, para bien o para mal pero para siempre, a la renta petrolera.

En 2020, Venezuela ya no cuenta con recursos naturales capaces de asegurar su subsistencia. No es que no los tenga ni que se hayan agotado. Es que ahora tienen otro valor. Durante el primer cuarto de siglo se produjeron a nivel global las herramientas técnicas, sociales y culturales para el desarrollo continuo y sustentable, lo que requirió de grandes y violentos cambios. Uno de ellos fue la evolución de la economía de mercado hacia una economía real. La base de la economía de mercado es que los precios de los productos y los servicios están controlados por las fuerzas del mercado, la así llamada "ley" de la oferta y la demanda. En la economía real, los precios reflejan también los efectos económicos directos e indirectos sobre los individuos y la sociedad. Tomemos por ejemplo el precio de un combustible fósil, como la gasolina, que es un medio transportador, o vector, de energía. El precio de mercado se fija maximizando la ganancia del productor y la cadena de distribución. Dentro de la economía real, el valor se establece considerando el beneficio para la sociedad del uso de este medio energético en relación a otros disponibles, así como también los costos de la mayor incidencia de enfisema o cáncer pulmonar inducidos por su consumo, incluyendo también la cesación del lucro de los afectados y los efectos del tetraetilo de plomo u otros aditivos sobre el sistema nervioso, los costos de restauración de edificaciones y estructuras perjudicadas por las emisiones derivadas de su extracción, refinación y combustión, los causados por los efectos de la lluvia ácida sobre los bosques y la agricultura, y así sucesivamente. Estos costos indirectos se añaden al precio de mercado en la forma de impuestos (como el del CO
2).

El ejercicio de la economía real requiere claramente del uso intensivo e instantáneo de información precisa, completa, multifactorial y actualizada. Esto no es algo que llegamos a asumir de forma espontánea. En algún momento pudo parecer como que si alguien lo hubiera impuesto sobre nosotros, pero no fue más que una de las consecuencias de un nuevo orden económico mundial, surgido de la necesidad de asegurar el desarrollo global, sostenido y sustentable. Los productos y servicios valen más por la información asociada a ellos que por el valor de los insumos requeridos para producirlos. La riqueza se genera más con la generación de conocimientos que con la explotación de los recursos naturales. Es por ello que se dejó hace algunos años de polemizar sobre el valor económico y estratégico del conocimiento y empezamos a tomarnos en serio la tarea de producirlo. En 1996 había en Venezuela unos 1500 investigadores que contribuían a la producción de conocimientos [
2]. Este número creció durante la última década del siglo pasado y la primera de éste a una tasa del 10 % anual. En 2010 existían 5700 investigadores activos. A partir de ese año y a medida que dismiuía nuestro interés por la energía fósil, en lugar de surgir cada año un nuevo investigador por cada diez, se incorporó uno por cada cuatro, para una tasa de crecimiento anual del 25 % [3]. Este incremento en la incorporación de investigadores a la sociedad no se produjo como producto de una planificación, sino de forma natural, por la propia necesidad de las instituciones públicas y privadas de garantizar su subsistencia, a medida que el conocimiento desplazó a los otros insumos. En 2020 tenemos por lo tanto 53.000 investigadores produciendo conocimiento en Venezuela. De 0,07 investigadores por cada 1000 habitantes que había en 1996, a 0,2 por cada mil en 2010 y 1,7 en la actualidad [4]. Este progreso requirió de gran esfuerzo, pero no un aumento significativo del personal académico de las instituciones de educación superior. De hecho, para 1996 solamente el 5 % de los profesores a tiempo completo de las universidades participaban activamente en la aventura del conocimiento [5]; hoy las universidades no son más grandes, son más eficientes y, además, ya no concentran a tres de cada cuatro investigadores del país [6], dada la mayor proporción de investigadores directamente involucrados en la producción de bienes y servicios. A lo largo de estos veinticinco años dejamos entonces de disponer del lucro asegurado de un vector energético con escaso valor agregado, para acrecentar la generación de riqueza basándola en el conocimiento, logrando además, en el proceso, mejoras en la calidad de vida y diversificación de las oportunidades educativas y culturales.

¿Qué y cómo investigamos en la Venezuela de 2020? En un mundo esencialmente globalizado, no podemos evadirnos ni de los más ingentes intereses universales ni de los no menos notables problemas locales: el ambiente sigue despertando preocupación, así como las fuentes de energía (me refiero a sus vectores, la primera ley de la termodinámica sigue vigente), las comunicaciones, el transporte, la violencia, el desarrollo urbano, la alimentación, la salud, los materiales y, sobre todo, la información. Hace veinticinco años la investigación básica y el desarrollo tecnológico se penetraban mutuamente, hoy son inseparables. Incluso bajo esta nueva perspectiva de ciencia 'post-académica', la ciencia básica sigue siendo básica (a fines de siglo se presagiaba el final de la ciencia [
7]) aunque, debido a su más íntima relación con el mundo real, interdisciplinaria y considerablemente más costosa. La ciencia post-académica desconfía de la excelencia y elitismo de la revisión entre pares y lo complementa con control de la calidad de instituciones y departamentos, investigadores y proyectos. Sólo una fracción (¿25 %?) de los fondos públicos destinados a investigación se asignan por mecanismos de arbitraje entre pares. Los criterios para conceder estos fondos siguen incluyendo la universalidad, la calidad y la originalidad de las investigaciones a realizar. El 'conocimiento público' se transforma cada vez más en 'propiedad intelectual', comprometiendo seriamente su 'objetividad' [8], eso que hace de la ciencia una fuente confiable de conocimiento y por lo tanto valiosa para la sociedad. Una parte importante (¿50 %?) del gasto público en IyD se asigna bajo contrato por parte de diversos organismos del estado, notablemente los Ministerios de Industria y Comercio, Salud Pública e Información y Comunicaciones, para realizaciones específicas, que en la mayoría de las ocasiones involucran un componente importante de ciencia básica porque, igual que en 1996, nadie desarrolla cosas que existen y que se pueden adquirir, sino sólo las que nadie haya desarrollado, aún cuando sea en otra parte, o que no se pueden transferir. El restante aparece como sostén de servicios de investigación y desarrollo en universidades y centros de investigación, que soportan también la formación continua de los recursos humanos altamente capacitados. Pero esto es solo una fracción del esfuerzo nacional en IyD. Si en 1996 el 95 % del 0,5 % del PIB que se dedicaba a IyD provenía de fondos públicos, en 2020 el 80 % del 5 % del PIB que destinamos a IyD proviene del sector productor de bienes y servicios, de forma que el Estado sólo apropia el 1 % del PIB para garantizar el desarrollo sostenido de la ciencia y la tecnología.

Dentro del marco del tema propuesto por el comité editorial del Boletín de AsoVAC para este número, lo expresado representa una visión del futuro desde la limitada perspectiva que nos ofrece el presente. El futuro seguramente será muy distinto al aquí esbozado. Utilizando el retrospectoscopio, ese instrumento que nos ofrece el futuro para analizar los hechos pasados, entenderemos por qué el futuro no ocurrió de la forma como habíamos previsto aquí que debía hacerlo. Esto es frecuente en la ciencia; el progreso ocurre a saltos, precisamente cuando los hechos no ocurren, de acuerdo a nuestro entendimiento, como debieran hacerlo. Otra cosa que ocurre con excesiva frecuencia es el cambio, aunque sigue siendo difícil aceptarlo y acostumbrarnos a él.

Notas y referencias

  1. Se presenta una visión prospectiva y cándida de la situación de la ciencia y la tecnología dentro de 25 años en Venezuela, con la ayuda de un escenario hipotético tan plausible como los muchos otros posibles futuros del presente. Las lucubraciones que se expresan en este artículo no representan en ninguna forma ni necesariamente posiciones, puntos de vista, planes o políticas de las instituciones a las cuales el autor está o estuvo asociado.
  2. Según datos del Sistema Nacional de Investigadores.
  3. La tasa de crecimiento de 10% anual se obtuvo de la evolución del número de investigadores acreditados como activos por el PPI durante el período 1990-95 [ver por ejemplo: "Indicadores de Capacidades de Investigación en Ciencia y Tecnología 1995", CONICIT, Caracas, 1996, pp. 86-114]. La tasa de crecimiento del 25% corresponde a la meta propuesta por el Núcleo de Consejos de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico y sus equivalentes de las universidades nacionales, en su programa de formación de recursos humanos para la investigación, diseñado para una duración de diez años [W. Bishop, en: "Memorias del V Seminario sobre la Investigación en las Universidades del País", Núcleo CDCHT, Caracas, 1995, pp. 106-110 y 266-277].
  4. Proyecciones de la población tomados de: "Informe sobre el Desarrollo Mundial, Desarrollo y Ambiente", Banco Mundial, Washington, D.C., 1992, p. 265.
  5. E. González, C. Arévalo y M. Velasco, Interciencia, 21 (1996) 86-93.
  6. H.M.C. Vessuri, Interciencia, 21 (1996) 98-102.
  7. J. Horgan, "The End of Science: Facing the Limits in the Twilight of the Scientific Age", Helix, Addison-Wesley, Nueva York, 1996. Al momento de escribir este artículo no conocemos los grandes descubrimientos realizados entre 1996 y 2020. Esto no significa que para 1996 la ciencia se hubiera agotado. William Thomson (Lord Kelvin), quien contribuyó muy significativamente a la ciencia durante el siglo XIX, afirmó: "Puedo decir llanamente que las máquinas voladoras más pesadas que el aire son imposibles". En base a opiniones como esta, se ha sostenido que cuando un científico distinguido afirma que algo es posible, seguramente tiene razón, pero cuando afirma que algo es imposible, lo más probable es que se equivoque.
  8. J. Ziman, Nature, 382 (1996) 751-754.